 |
Un día, un sabio maestro confió a sus discípulos esta verdad: de joven era yo un revolucionario y mi oración consistía en decir a Dios: “Señor, dame fuerza para cambiar el mundo”. A medida que fui haciéndome adulto, me dí cuenta que había pasado media vida sin haber logrado cambiar una sola persona. Entonces, transformé mi plegaria y comencé a decirle a Señor: “Oh Dios, dame la gracia de cambiar a cuantos entren en contacto conmigo, son eso me doy por satisfecho”.
Ahora que soy viejo y tengo los días contados, he empezado a comprender lo torpe que he sido. Hoy en día, mi única oración es la siguiente: “Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo”. Y el maestro concluyó:
“ojalá hubiera orado así toda mi vida, dispuesto a empezar por mí mismo y no por los demás”.
El amor es duradero cuando la conciencia de las fallas propias y ajenas no nos ciega para ver lo bueno; el amor está vivo y firme en aquellas parejas que, creciendo en aceptación y madurez, aceptan serenamente lo que no se puede cambiar y se ayudan mutuamente a mejorar y a madurar con paciencia. Así, un amor iluminado por el respeto permite aceptar al otro sin emularlo y sin exigirle que deje de ser él mismo. “Sabes amar, si le das al ser amado un espacio de libertad, en lugar de celarlo o limitarlo con un egoísmo asfixiante, ser creativos en la intimidad sexual, orar unidos, cultivar los detalles afectuosos; viviendo en la comunión con los demás, lentamente podemos cambiar nosotros mismos.
|