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Paseando por el campo, hoy me detuve a contemplar la belleza de las florecillas silvestres que nos alegran la vista y el goce del paseo con su sencilla presencia.
Sencilla y humilde florecilla silvestre que has nacido en el campo sin el mimo de nadie, sin que nadie te cuide o te proteja. Tú vales mucho más porque has vencido la sequía y las plagas, el sol abrasador y el frío hiriente del invierno acunada en el seno de tu madre, la tierra, tal solo protegida por ella. Una insignificante y pequeña semillita que dormía y luchaba al mismo tiempo por sobrevivir y ahora por fin te muestras victoriosa aunque humilde, erguida y bella, en todo tu esplendor ante aquellos ojos que sepan admirarte y valorarte.
Porque tú vales mil veces más que la orgullosa rosa, mimada y consentida que creció entre algodones en un invernadero.
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