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Ahora tienes cincuenta y cinco años pero parecen cien. Se te ha olvidado quien eres. No tienes casa, ni familia, ni trabajo, ni amigos, ni dientes. Estás probablemente tirado por alguna de esas callejas de la Plaza Mayor, con tus pantalones meados sobre un charco de vómito, sin saber porqué no aparece tu sobreprotector padre a sacarte de nuevo de este entuerto y a mí se me parte el corazón cuando me viene a la cabeza tu recuerdo pero en su momento decidí que yo no sabía redimirte y que con una vida que destrozaras (la tuya) era suficiente.
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