 |
Conocí a Begoña este verano en una residencia para disminuidos psíquicos y físicos que hay en el pueblo. Las magníficas instalacioncones con un hermoso jardín y todas las modernas comodidades proporcionan una agradable sensación.
Encontré a Begoña sentada en un banco y como un resorte en cuanto me vio se aproximó a mi con un andar torpe y desgarbado. Es una mujer de unos 40 años, alta y corpulenta de recia osamenta pero mirada triste y desvalida. Debo confesar que su actitud y su aspecto me inquietaron un poco, pero cuando vi sus ojos, mi temor desapareció al instante porque lo que veía era una niña pequeña encerrada en un cuerpo de mujer y así se confirmó cuando comenzamos a hablar. Se lanzó hacia mi de esda manera porque le entusiasmaron mis pendientes. – ¡ Qué bonitos! ¿ Puedo tocarlos?, así comenzamos nuestra conversación y le propuse que si quería probárselos. La alegría le iluminó el rostro y cuando los llevaba puestos fuimos corriendo a un espejo para que se viera, naturalmente se los regalé, eran unos sencillos pendientes de bisutería de los que me gusta usar en verano.
¡ Qué fácil puede resultar hacer felíz a un ser tan inocente!
Me explicaron que los 20 pacientes que estaban en la residencia eran los que su família había rechazado para pasar las vacaciones o simplemente no tenían a nadie.
Aquella visita me hizo reflexionar mucho, aunque ellos parecían no ser conscientes de su propia situación.
|