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Jean-Paul Sartre (1905-1980) quiere asumir hasta el final la muerte de Dios anunciada por Nietzsche. Dios no existe, pero sin embargo no todo está permitido. Vivimos en la contingencia absoluta, la gratuidad irremediable del existir. Pero este desamparo metafísico abre también la puerta a una nueva dimensión del vivir humano que de otro modo quedaría oculto: nuestra libertad. Paradójica condena esta de tener en cada momento que elegir y disponer, desde la soledad individual, de todos nuestros recursos para actuar, incluidos también nuestros proyectos de vida fundamentales. En este gesto creador tenemos como límites únicamente los que se refieren a su propia posibilidad;
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