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A los que beben cerveza, les regala esperanzas azules, y vuelven a casa tan contentos que por el camino compran flores para sus esposas y palomitas para los niños. Algunas esperanzas son grandes, y no caben en las cajas forradas de papel couché que a veces lleva consigo. Le gusta mucho más repartir esperanzas chiquitas, porque son dóciles y caben en todas partes.
La última vez que le dio una esperanza a una muchacha que tomaba té con un chorrito de leche, la muchacha se puso a llorar. Él respondió: ¿por qué no das saltitos, cielo?
Es inevitable: incluso un repartidor de esperanzas tiene un mal día.
Santiago García Tirado
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