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Saludó, garraspeó, se tocó el nudo de la corbata en acto reflejo y nervioso, sacó del bolsillo el folio con el discurso y lo dijo. Alto, claro y sereno. Nadie daba crédito. Estupor. Incredulidad. Murmullo. Pero era cierto.Y esta vez lo había pronunciado y dicho él mismo. Y no habría vuelta atrás.
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