 |
Ya pronto va a terminar
el calendario de ayer.
Un año está por nacer.
Al otro van a enterrar.
Quien pudiera sepultar
con él todas las torturas
y todas las amarguras
con que nos quiso abatir.
¡Quien pudiera descubrir
las incógnitas futuras!
Quien tuviera el raro don,
virtud o poder divino
de inquirir lo que el Destino
le reserva al corazón;
si es ventura o aflicción,
desdicha o felicidad.
Desgraciada humanidad
que con su saber profundo
debe seguir por el mundo
en completa oscuridad.
Numerosa caravana,
que este trágico desierto
recorre con paso incierto
en pos de la dicha vana;
que se desvive y afana
y agoniza de pesar
cuando no puede escalar
la cumbre de sus empeños
o cuando ve que sus sueños
son como espumas del mar.
Caravana lastimosa
que va sin rumbo y con venda
transitando por la senda
de esta existencia penosa,
sin advertir, presurosa,
que de esta brega sombría
formar muy bien se podría,
en vez de un nuevo Calvario,
un divertido escenario
del placer y la alegría.
Mas para hacer tal primor
de la existencia es preciso
suponer un paraíso
en cada huerto sin flor;
no permitir que el dolor
consiga, artero, vencer,
con donaire repeler
los embates del sufrir,
y, si es posible, reír
al tiempo de padecer.
MIRO RICARDO
|