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Uno puede caminar despacio
de la mano del silencio
y sorprenderse:
de sentir que no está solo
o , por lo menos,
no tan solo como cree.
Uno puede remontarse, entonces,
más allá de su materia
y descubrirse
en la más pura confidencia
de su alma:
como en un diálogo tácito
y sublime.
Y puede comprender
su propia esencia.
El misterio de su espíritu
y su carne:
cuando puede andar anónimo
y sin prisa
por las calles donde nadie es nadie.
Y si puede ser su propio amigo
(aunque siga, para muchos,
siendo “nadie”)
se habrá encontrado a sí mismo,
y eso sólo:
constituye la aventura
de ser “alguien”.
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