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No me hables del clavel,
del gladiolo o la mimosa,
del geranio o el laurel;
mi flor siempre fue la Rosa.
No quiero la siempreviva
ni la violeta modosa;
por muchos años que viva
mi flor ha de ser la Rosa.
Ni el jazmín embriagador
ni la orquídea lujuriosa;
en mi jardín del amor
no hay otra flor que la Rosa.
¿No es su cáliz seductor?
¿No es su corola preciosa?
¿Habrá un aroma mejor
que el de pétalos de Rosa?
Rojo ha de ser su color,
tan sangrienta como hermosa;
con espinas de dolor;
así debe ser mi Rosa.
¿Pensáis, tal vez, que exagero?
Mas si os cuento alguna cosa,
¿entenderéis, yo lo espero,
que no hay flor como la Rosa?
¿No conocéis de Inglaterra
las desgracias espantosas
causadas por una guerra,
una guerra entre dos Rosas?
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