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Un río de palabras me condujo hacia tus labios. Un río que reía igual que el necesario crujir del pan de cada día. Con agua hasta las rodillas, con la boca abierta y con un saco de piedras a cuestas, pugnaba yo por llegar a la frontera de tus labios.
Alrededor, bien entre el follaje, bien sobre la cima de los árboles, pequeños ojos se encendían, igual que se enciende el terror bajo las sábanas de la tormenta.
Un río me condujo hacia tus labios, el río de la vida, el meticuloso río que algún día, ojalá más tarde que temprano, me dejará en brazos de la muerte.
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