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El tiempo no es esa gotera que, minuciosa y diligentemente, filtran las cañerías de los relojes. Tampoco es esa grieta que deteriora las paredes de la conciencia, ni mucho menos la humedad que se suma al musgo de las ruinas clásicas. El tiempo no reside en los parques tomados por el otoño ni en los caserones habitados por el polvo.
El tiempo es esa pelota que un niño lanza sobre el muro del mundo y pierde para siempre.
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