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Un pedazo de luna
Aquí se me perdió un pedazo de luna,
que conmigo arribó, asido al desamparo.
Porque llegué a Europa como
quien llega al cielo,
Como si a las puertas de un dios padre,
uno se arrojara temblando.
Y Europa era esto, ni más ni menos.
Ni tan blanca ni tan sola
como me la habían dibujado,
pero vieja, muy vieja y muy astuta,
con la certidumbre de los siglos
y la piel vestida con las escamas de la muerte.
Aquí arribé una tarde en primavera
sin que aún los tilos comenzaran
su nuevo regocijo.
Y llegué, guardando en la cartera
junto al corazón
ese pedazo arrancado de una luna,
ese gajo de luz encandilada
que nos llevó a la hoguera.
De a poco, sin quererlo,
la luna comenzó su lenta muerte.
En las carteras sólo quedaron palabras,
vacías como arroyos en verano,
luego creció el olvido
trepando por los muros de la sangre.
Cuando se apagaron los clarines,
cuando todos desnudamos
los escombros que cubrían el alma,
uno supo que casi estaba solo.
Era la poesía un arrebato
en las noches de lluvia,
y dos o tres presencias
hermanadas en el amor, el pan,
la tibia dulcedumbre de los días.
Eran los hijos, panes recién horneados
asomándose a las puertas
del horno en donde el mundo
cocina su alimento de fiereza y de ternura.
Uno nunca volvió a descubrir
un pedazo de luna cerca del corazón.
Pero aprendió que el vacío que dejan
las respuestas,
de gotitas de lluvia va vestido.
Aprendió que es el sol,
una bola de fuego que devora,
y la luna,
un pedazo de hielo que derrota.
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