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La tarde, tan de raso,
moría en el ocaso.
Y la lloró la luna;
con lágrimas de plata hizo su cuna.
El río, estremecido.
susurraba el rumor de su latido.
Y todo se lleno de paz y calma
sintonizada en el silencio el alma.
Pero el amor latía
sin discernir entre la noche y día.
El dolor, penetrante, impar y fuerte.
tenía semejanzas con la muerte.
El reloj desgranaba su rosario
quemando hora tras hora en su incensario.
Saturno, siempre hambriento,
engulle juventud
cada momento.
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