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LA CIUDAD DE LOS MUERTOS.
Fiel a la tradición hoy hemos hecho la visita a los seres queridos que ya nos dejaron.
Todos los Santos y los fieles difuntos. Tiempo para dedicarles un pequeño espacio de nuestra vida con la presencia física ante su tumba aunque el recuerdo los mantenga vivos en nuestros corazones.
Parece que los seres humanos pretendamos marcar las diferencias incluso ante la muerte, majestuosos panteones de soberbia arquitectura, bellas estatuas de mármol, y sencillos nichos para el común de los mortales.
Nada de eso importa porque el nacimiento y la muerte nos iguala a todos, poco importa la ostentación y la notoriedad ya pasadas si bajo la losa encontraremos lo mismo en cualquier parte, solo materia y nada más que materia, porque el alma voló ligera y no se encuentra ya ahí.
Tiempo de nostalgia por los que nos precedieron en el viaje eterno que todos debemos aceptar cuando nos llegue.
Ramos de flores frescas y lozanas adornan y ofrendan el recuerdo que vive en nuestra alma. Bellos jardines, altos cipreses que como decia Gironella creen en Dios y a Dios encomendamos el alma de nuestros queridos difuntos, aquellos cuya ausencia todavía se hace dolorosa.
Hoy el cementerio está lleno de vida, de familiares que van y vienen que suben a escaleras imposibles para alcanzar el lugar alto donde descansa el padre, la madre o el esposo o la esposa.
Llegó otra vez Todos los Santos en este otoño rezagado que por fin se hace presente con sus dorados y tibios matices.

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