Éra se que se era
un gatito optimista,
soñaba todas las noches
llegar a ser buen flautista.
Un día de navidad
al supermercado marchó
y en los estantes buscó
una flauta de verdad.
Más a causa de Papa Noel,
o quizá de los Reyes Magos,
solo juguetes encontró
solo una flauta de plástico.
Sus bigotes retorció,
saco las uñas enfadado,
hasta que con un estante dio
de regalos atestados.
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Ya ve, comadre. Estamos en el centro y nos vamos a ofrecer los perritos en los bares.. Pero usted se encuentra mal, ya lo veo, usted se me queda aquí comadrita, se me queda arrimadita al muro del río, mire, ahí donde está ese viejo que vende libros usados y que tiene un brasero con una fogata. ¡Mire que fuego más bonito! Y usted lo que necesita es calor mijita.
Perdone amigo. Se puede sentar aqui cerquita mi amiga. Es que está un poco mal, sabe? y está haciendo mucho frío.
Gracias amigo. Es usted una buena persona.
Bueno aqui se queda con tres perritos comadre, mientras yo hago una ronda por los cafés. Algun perro venderemos, ya verá, y lo primero que haremos es ir a una farmacia.
Que le den algo contra el enfriamiento. Ya verá como nos va bien mijita. Bueno, no se mueva de aquí, el señor le presta su brasero. Ve usted comadre que siempre hay gente buena?-
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¿No será lo que estoy pensando?
¡Sí, mi niña, lo mismo! Vamos a poner los perritos en una canasta y nos vamos a la ciudad y los ofrecemos a todo el mundo. ¡Los vendemos comadrita!
Pero… y la perra? ¿Usted cree que nos va a dejar?
A la perra la llevamos y le damos algo para que coma. Ahí en los Container de de la Plaza Mayor hay siempre buenos pedazos de carne.
Se volvió hacia mí y vi sus lindos ojos oscuros iluminados de alegría. Sí, vamos a hacerlo. Yo he visto canastas grandes ahí abajo, aunque estarán rotas.
No importa mijita. La arreglamos con cordeles y le ponemos un lecho de hojas secas para que se vea bonita.
Nos pusimos manos a la obra y luego nos fuimos a jugar un rato con la perra. Los perritos, muy pequeños, eran todos negritos, excepto uno que tenía sobre el cuello una gran mancha amarilla.
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Uno se queda sentado junto al río fumando el cigarrito. A lo lejos ladridos de perros y la figura cansada pero grácil de mi comadre que viene llegando.
Ya sé que viene triste, claro, qué esperaba? Que en la Seguridad Social le iban a decir que sí? Se lo dije pero ella insistió en ir. Con probar nada se pierde. Bueno, tendría que moverme, irme por la ciudad, buscar algo.
Se sentó a mi lado y tenía los ojos húmedos. Tomé su mano y la sentí fría, muy fría. ¿Se siente bien comadre?
Sí, bueno te digo que sí, aunque sabes que no. Me siento mal, fatal.
Tranquila comadre, tranquila.
¿Y qué vamos a hacer ahora?
Vamos a pensar, algo hay que hacer, pero ahora estese tranquila. Ya se me ocurrirá alguna cosa. Y me iré a la ciudad.
Me da miedo compadre. Me da miedo que vaya a la ciudad. Recuerde lo de la otra vez. Se lo querían llevar los guardias. Si va a ir yo lo acompaño.
Los pedros ladran con fuerza. Cerca nuestro.
¿Qué diablos les pasa a estos perros?
Es que la perra, la negra ha parido ayer. Seis perritos. Se ven lindos, compadre. Si estuviéramos bien, me quedaba con uno, para cuidarlo, claro.
¿La perra ha parido? ¡Vaya! Sabe comadrita? Se me acaba de ocurrir una idea.
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Qué lentitud mi Dios! hace 49 días que no venía a visitar a esta amante. Soy de la peor calaña, tengo amantes y les juro amor eterno y luego las dejo solas por largo tiempo, hasta que otra vez siento el llamado del cariño, y me aparezco con sonrisas y regalillos. Sí, soy un desastre, pero que sepais que soy fiel hasta la muerte, aunque la fidelidad esté preñada de largas ausencias.
Hoy mi amada es feliz, estoy aquí por un ratito y le encanto la vida con mis caricias y zalamerías. Pronto partiré hacia otras bocas que esperan mis besos hambrientos. Pero esta amante quedará prendida al espacio de los sueños y me esperará de nuevo.
Un beso. Laris
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Me pediste que nos sentáramos en un banco del parque. Estoy algo cansada murmuraste. Así, muy cerca, permanecimos silenciosos. Yo sabía lo que ocurría. No era cansancio, sino las palabras que no pueden venir cuando las llamamos, que no quieren venir, porque acuden cargadas de presagios.
Me entretuve observando a los pájaros que buscaban su alimento en un árbol cercano. Nada podía alterar ese ritmo nuestro silencioso. Dijiste mi nombre. Mal augurio pensé pero no dije nada. -Quería decirte… – Sí yo sabía lo que quieres decirme. Pero continué en silencio. Otra vez mi nombre y tus manos nerviosas acarciando el tallo de la rosa con la que te recibí esta tarde.
Esto no puede seguir…- Cuatro palabras que te salían casi ahogadas del fondo del alma. No dije nada.
-Ayúdame!” – exclamó angustiada. Siempre me has ayudado a completas las cosas. No me dejes sola en esta decisión!
La miré y cogí su mano que nerviosa, buscaba un refugio.
Se hace tarde, susurré. Vamos a beber una copa de vino. La última.
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Despacio y en silencio, poco a poco mis pies se desliza fura de tus lindes. Heridas de espinas lleva mi cuerpo, empequeñecido y cansado de esta espera inútil. Pero todo llega y percibo el principio del fin. Ya el llanto no asoma sus gotas cristalinas, ni mi corazón se sacude cuando percibo de tu recuerdo.
Mi vida me aleja de la tuya. Ya se apagaron en la noche callada, los besos de canela y miel,
Tu voz, de musicalidad de hielo no me seduce, y las ausencias ya no duelen como ayer.
El desencanto erguido, se asila en mi regazo, yo lo acuno con mimo, para darle la ultima despedida.
Adiós amor hasta siempre, porque aunque te deje de querer, siempre te llevare en el corazón
alborear
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Te tenia perdido pero ahora te encontré,,… y leo tus palabras y me deleito con ellas… Un abrazo buen amigo Ro.
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Acerqué mis labios a tus manos y tu piel tenía la suavidad de los sueños.
Algo semejante a la eternidad rozó un instante mis labios.
ANTONIO GAMONEDA
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Sentados ante una mesa junto a la ventana vemos como la brisa mece suavemente los árboles que ocultan o resguardan los muros del Prado.
En el café a esta hora de la tarde todo está casi quieto. Los cuadros en las paredes me van hablando una historia de siglos. Me transportan a las viejas lecturas en mi lejana tierra, cuando me imaginaba a Gómez de la Serna, a Poncela, a ValleInclán y a tantos otros, mis héroes de la juventud, disertando sobre este mundo y los otros, bebiendo y suspirando por esquivas bellezas madrileñas o exóticas.
Aquí, me cuentan, una chilena rebelde y bella: Teresa Wilms Montt se sentaba en las rodillas de Valle Inclán y le tironeaba las luengas barbas. Aquí, Julio Romero de Torres, en uno de sus viajes a Madrid, la conoció y prendado de su belleza quiso retratarla, a lo cual ella se negó.
Ahora, estoy aquí, pensando en todo eso, mientras contemplo tus ojos tan puros, mientras observo tus manos inquietas que vuelan sobre la servilleta.
y deposito la pipa sobre el cenicero y pienso que es el momento de la confesión. La contemplo pero no digo nada, las palabras no aparecen en mis labios y así nos quedamos, en silencio, despacio, contemplando los ojos del otro.
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Nos miramos. ¿Para qué? el corazón está en las manos, con toda la carga de sueños, de arrebatos, de temblores.
Hemos continuado así y los rayos de luz de la tarde se han hecho más débiles, como si el sol se hubiera cansado de pronto. Vamos a llegar al final del camino y grito con todas mis fuerzas dentro de mi silencio: ¡Que no llegue el final!
Que se detenga aquí el tiempo que nos trae y nos lleva como marionetas sin destino!
Ella, está apretando mi tosca manos con sus dedos nerviosos y alados.
Nada más es necesario. El instante es eterno.
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Caminamos muy juntos bajos los árboles. La ciudad pareciera que se duerme a nuestro alrrededor. Y no es cierto. la ciudad, enorme, viva y ruidosa está allí plena de todo. Es sólo la ilusión que provoca estar aquí, en el Parque que jamás antes había visitado. Ella me guía. Nuestros cuerpos casi se han rozado y tengo una inmensa necesidad de tomar su mano. De sentir sus finos dedos en mi mano gruesa y áspera. Ella lo sabe. Yo sé que ella lo sabe. Y lo desea. Hablamos de cdosas lindas. La historia de los poetas de esta ciudad que fue sitiada, golpeada y ofendida. Que tuvo que vivir entre el miedo y la orfandad. Y que ahora resplandece como uno de los lugares más bellos de Europa.
No puedo contenerme. Lentamente acerco mi brazo al suyo y acaricio sus dedos. Me parece que intenta retirar la mano pero no lo hace. Mientras nuestro caminar es lento, rítmico, mientras yo pregunto cosas y ella me cuenta historias y pequeños secretos ciudadanos mi mano ha aferrado la suya. Siento el temblor de esa mano que tanto he soñado.
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Hoy una mujer que me recuerda las sirenas de Odiseo.
Habita en una minúscula isla del archipiélago de las Cíclades.
Sé que es menuda, de rojos cabellos donde el viento eterno juguetea como un niño.
Sé que su bondad es infinita, sé que una luz de tristeza duerme en el fondo de sus ojos.
Y sé que tarde, alguna vez me reuniré con ella.
Laris
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A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;
allí, en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,
los recuerdos me asaltan.
Unos empuñan tu mirada verde,
otros apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
me reclaman.
Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.
Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
la memoria.
Ángel González
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El mar pliega las alas al atardecer,
tú no eres sino una pálida burbuja
navegando al golpe del aliento,
un negro trino,
el sol que sale en el centro del pecho
en mitad de la calle,
un silencio en la música dura
de la ciudad sin límites.
Para atravesar ese océano,
ese golpe de luz en la siesta,
no bastaría la eternidad.
BLANCA VARELA
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