Te extraño
como se extrañan las noches sin estrellas
como se extrañan las mañanas bellas
no estar contigo
por Dios que me hace daño
Te extraño
cuando camino
cuando lloro
cuando río
cuando el sol brilla
cuando hace mucho frío
porque te siento
como algo muy mío
Te extraño
como los árboles extrañan el otoño
en esas noches que no concilio el sueño
no te imaginas amor cómo te extraño
Te extraño
en cada paso que siento solitario
cada momento que estoy viviendo a diario
estoy muriendo, amor, porque te extraño
Te extraño
cuando la aurora comienza a dar colores
con tus virtudes
con todos tus errores
por lo que quieras, no sé, pero te extraño
Te extraño
en cada paso que siento solitario
cada momento que estoy viviendo a diario
estoy muriendo, amor, porque te extraño
Te extraño cuando la aurora comienza a dar colores
con tus virtudes
con todos tus errores
por lo que quieras, no sé, pero te extraño
A veces, pierdo la serenidad y brota ese llanto de niño perdido
en la oscuridad, sin encontrar esa mano que me guíe hacia la luz,
para emerger hacia una nueva dimensión donde la materia no
sea necesaria y pueda mi espíritu volar libre de aflicción.
Ruego para que se derrame pronto el azul que aquiete mis
energías, para que retorne el equilibrio, la tranquilidad,
el renacimiento de nuevas esperanzas… el azul que teñirá con
sus matices el diáfano cielo que alumbra la existencia, para que
amaine la actividad fisiológica y se apodere de mí el sueño;
ese sueño profundo y reparador, que me preparará para el mañana…
¡Y esa incertidumbre matutina de no saber cómo será…!
¿¡Que dolores nuevos padecerá mi carne!?
A ratos me rindo y me dejo caer sobre el lecho con el único deseo
que termine pronto la opresión y volver pronto a ser yo, otra vez.
¡El cansancio me socava las fuerzas! y me muevo con sosería,
como una vieja muñeca de trapo raída… sin brillo, sin ganas…
como un ente deambulo aturdida por el sedante, que me
brinda esa ilusión pasajera; ese oasis que hallo en medio del
desierto árido y caliente que me quema y me sofoca…
Cuando las sombras comienzan a diluirse y aparece débilmente
el color en las paredes de mi cuarto, suena en el silencio,
la alarma de la conciencia que anuncia un día más para vivir.
Enciendo la fogata de la esperanza que el insomnio ha extinguido
lenta y dolorosamente; para desentumecer no sólo el cuerpo,
sino también el deseo de continuar este camino escarpado,
cubierto de cristales rotos que destellan tortura y enceguecen
la razón.
¡Un día más!
Para ver pasar la indiferencia de los ojos que miran sin ver.
Porque lo que se siente, no tiene forma ni color… pero está
¡muy dentro! echando raíces día a día… haciendo surcos
dolorosos que hay que aprender aceptar, para llegar un día,
tal vez… a reír como el payaso, que ríe… aunque el alma llore,
¡Para no fastidiar a los demás!
La vida es gloriosamente complicada. El universo es asombrosamente complicado.
Cada nuevo descubrimiento abre la puerta a más descubrimientos aún. Cada desafío que enfrentas te prepara para enfrentar desafíos mayores, que te darán más satisfacciones aún.
En lugar de luchar contra la dificultad, valórala y celébrala. Acepta los desafíos y descubrirás en ellos enorme valor.
En lugar de sentirte frustrado y confundido por la complejidad, sumérgete y siente su riqueza. Aunque no puedas llegar a comprenderla por completo, podrás comprenderla un poco mejor.
Las circunstancias cambian momento a momento, y la vida se va renovando continuamente. A pesar de que los cambios suelen resultar dolorosos, una vida sin cambio alguno sería insoportablemente vacía.
Con sus numerosos altibajos, con todas sus idas y vueltas, la vida está teniendo lugar a todo tu alrededor. Recuerda cuán verdaderamente afortunado eres, considéralo todo en su conjunto, y dale forma a tu propia grandeza, única y especial.
Se han perseguido todo el día y la mujer tiene aún las
mejillas
enrojecidas por el sol. En su corazón le guarda
gratitud.
Ella recuerda un besazo rabioso intercambiado en un
bosque,
interrumpido por un rumor de pasos, y que todavía
le quema.
Estrecha consigo el verde ramillete -recogido de la
roca
de una cueva- de hermoso adianto y envuelve al
compañero
con una mirada embelesada. Él mira fijamente la
maraña
de tallos negruzcos entre el verde tembloroso
y vuelve a asaltarle el deseo de otra maraña
-presentida en el regazo del vestido claro-
y la mujer no lo advierte. Ni siquiera la violencia
le sirve, porque la muchacha, que le ama, contiene
cada asalto con un beso y le coge las manos.
Pero esta noche, una vez la haya dejado, sabe dónde
irá:
volverá a casa, atolondrado y derrengado,
pero saboreará por lo menos en el cuerpo saciado
la dulzura del sueño sobre el lecho desierto.
Solamente -y esta será su venganza- se imaginará
que aquel cuerpo de mujer que hará suyo
será, lujurioso y sin pudor alguno, el de ella.
Los dos, tendidos sobre la hierba, vestidos, se miran
a la cara
entre los tallos delgados: la mujer le muerde los
cabellos
y después muerde la hierba. Entre la hierba, sonríe
turbada.
Coge el hombre su mano delgada y la muerde
y se apoya en su cuerpo. Ella le echa, haciéndole dar
tumbos.
La mitad de aquel prado queda, así, enmarañada.
La muchacha, sentada, se acicala el peinado
y no mira al compañero, tendido, con los ojos
abiertos.
Los dos, ante una mesita, se miran a la cara
por la tarde y los transeúntes no cesan de pasar.
De vez en cuando, les distrae un color más alegre.
De vez en cuando, él piensa en el inútil día
de descanso, dilapidado en acosar a esa mujer
que es feliz al estar a su vera y mirarle a los ojos.
Si con su piel le toca la pierna, bien sabe
que mutuamente se envían miradas de sorpresa
y una sonrisa, y que la mujer es feliz. Otras mujeres
que pasan
no le miran el rostro, pero esta noche por lo menos
se desnudarán con un hombre. O es que acaso las
mujeres
sólo aman a quien malgasta su tiempo por nada.
Un niño siempre puede enseñar tres cosas a un adulto: a ponerse contento sin motivo, a estar siempre ocupado con algo y a saber exigir con todas sus fuerzas aquéllo que desea.
El placer de ir en bata, ya muy entrado el día,
El café y las naranjas, en una silla al sol,
La verde libertad del papagayo
Sobre un tapiz se funden para disipar
El sagrado silencio de un sacrificio antiguo.
Ella sueña un instante y siente
La oscura intromisión de esa vieja catástrofe
Como la calma se oscurece en las luces acuáticas.
Naranjas acres, y las brillantes alas
Verdes parecen cosas que en un cortejo fúnebre
Cruzan serpenteando un agua ancha, sin sonido.
El día es como un agua ancha, sin sonido,
Silenciado por el paso de sus pies soñadores
Por encima de océanos, hacia la silenciosa Palestina,
Dominio de la sangre y el sepulcro.
Todos aquellos lugares eran potenciales burbujas de dolor a la espera de que un pinchazo les permitiese liberar los recuerdos que contenían. Debería haber sentido pena, pensé. Debería haber sentido el sufrimiento de antes. En cambio sólo experimenté una gratitud extraña y desesperada hacía aquel lugar, hacía los inmaculados recuerdos que me habían dejado.
Porque algunas cosas nunca debían caer en el olvido. Era bueno y conveniente recordarlas, encontrar para ellas un lugar en el presente y el futuro de modo que se convirtiesen en una parte preciosa de uno mismo, algo digno de guardarse como un tesoro, no de tenerle miedo
Y luego, cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el día en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y aguarda más aún. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve.
SUSANNA TAMARO
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