Por qué miras siempre hacia el otro lado?
Por qué piensas siempre que los otros, amigos, conocidos y vecinos, son más dichosos, y dices con ligereza: a los otros les va mucho mejor, y yo doy lo mejor de mí y no llego a nada…?
La otra orilla siempre es más bella. Yace muy lejos.
Como petrificado, miras fijamente hacia la bella claridad.
Jamás tuviste en cuenta que también los de la otra orilla te observan y piensan que posees mucha más felicidad, pues ellos solo ven tu parte agradable.
Tus pequeñas y grandes preocupaciones no las conocen.
Vivir feliz es un arte.
Para ello conviene sentirse satisfecho.
La felicidad no está en la otra orilla… Está en tu forma de ver tu orilla.
Aprecia la orilla donde Dios te puso, y no creas que la otra es la mejor, pues Dios te puso donde debes estar.
Los seres humanos tenemos la tendencia a pensar que todos los acontecimientos y circunstancias ajenas a nosotros son mejores que las propias.
Miramos la riqueza del vecino, el progreso de otros países y repetimos, a fuerza de tanto escucharlo, que todo tiempo pasado fue mejor.
Reparamos siempre en las cosas positivas de los otros, pero casi nunca tomamos en cuenta sus miserias. Y sin embargo… Ni todo el dinero del mundo alcanzaría para solucionar las miserias del espíritu.
Los que están allá quieren estar acá. Y los que están acá quieren estar allá. Pero ambos sólo toman lo bueno del de enfrente. Y es lógico.
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Generalmente mostramos lo mejor que tenemos, y nuestras falencias las ocultamos. Entonces, quienes nos rodean tienen una percepción parcial de nuestra realidad. Ven sólo lo positivo, y por ende les parece que somos mejores. Pero lo cierto es que uno debe situarse y ver las cosas desde su propia óptica.
Porque sólo cada uno de nosotros tiene una percepción total de nuestro propio ser. Y debemos aprovechar nuestras virtudes, y tratar de corregir nuestros defectos. Pero siempre desde nuestra propia realidad.
Tenemos que aprender a convivir con nosotros mismos, a aceptarnos y a aceptar nuestra circunstancia. Y a partir de allí abrirnos al mundo como somos…
Sin envidias, sin soberbia, sin complejos.
Nuestra meta este año debe ser, poder ver nuestra orilla con los ojos del Señor.
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Un grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo.
Cuando vieron cuan hondo era el hoyo, le dijeron a las dos ranas en el fondo que para efectos prácticos, se debían dar por muertas.
Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas.
Las otras seguían insistiendo que sus esfuerzos serían inútiles.
Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió.
Ella se desplomó y murió. Pero la otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible.
Una vez más, la multitud de ranas le gritaba y le hacían señas para que dejara de sufrir y que simplemente se dispusiera a morir, ya que no tenía caso seguir luchando. Pero la rana saltaba cada vez con más fuerzas hasta que finalmente logró salir del hoyo.
Cuando salió las otras ranas le dijeron: “Nos da gusto que hayas logrado salir, a pesar de lo que te gritamos”.
La rana les explicó que era medio sorda, y que pensó que las demás la estaban animando a esforzarse más y salir del hoyo.
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Moraleja
1. La palabra tiene poder de vida y muerte. Una palabra de aliento compartida a alguien que se siente desanimado puede ayudar a levantarlo.
2. Una palabra destructiva dicha a alguien que se encuentre desanimado puede ser lo que acabe por destruirlo. Tengamos cuidado con lo que decimos.
3. Una persona especial es la que se da tiempo para animar a otros.
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Había una vez, hace cientos de años, en un pueblo oriental, un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. Al ser una noche sin luna, la oscuridad era verdaderamente profunda.
En determinado momento, se encuentra con un amigo. Al estar ya próximo, el amigo lo reconoce y se sorprende al ver que era Guno, el ciego del pueblo.
El amigo lo detiene y le pregunta:
¿Qué haces Guno, tú ciego, con una lámpara en la mano? Si tú no ves…
Entonces, el ciego le responde:
Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí.
No solo es importante la luz que me sirve a mí, sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella.
Alumbrar el camino de los otros no es tarea fácil. Muchas veces en vez de alumbrar, oscurecemos mucho más el camino de los demás… ¿Cómo? A través del desaliento, la crítica, el egoísmo, el desamor, el odio, el resentimiento…
¡Qué hermoso sería sí todos ilumináramos los caminos de los demás!
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Entonces, la cuarta vela dijo al niño:
No tengas miedo, mientras, yo tenga fuego, podremos encender las demás velas. Yo soy, ¡la esperanza!”
Con los ojos brillantes, el niño agarró la vela que todavía ardía… y encendió las demás.
Que la esperanza nunca se apague dentro de nosotros; y que cada uno de nosotros, sepamos ser la herramienta que el mundo necesita para ayudar a encender la esperanza, la fe, la paz y el amor, en el corazón de todos los que viven a oscuras!
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Cuatro velas se quemaban lentamente. En el ambiente había tal silencio que se podía oír el diálogo que mantenían:
La primera dijo: “¡Yo soy la paz! Pero las personas no consiguen mantenerme, creo que me apagaré pronto.” Y poco a poco fue disminuyendo su fuego hasta que su llama desapareció totalmente.
Dijo la segunda: “¡Yo soy la fe! Lamentablemente a los hombres les parezco superflua. Las personas no quieren saber de mí. Para ellos no tiene sentido que permanezca encendida.” Y cuando terminó de hablar, la brisa del pesimismo pasó suavemente sobre ella y la apagó.
Rápida y triste la tercera vela se manifestó diciendo: “¡Yo soy el amor! No tengo fuerzas para seguir encendida. Las personas me dejan a un lado y no comprenden mi importancia. Se olvidan hasta de aquellos que están muy cerca y les aman.” Y sin esperar más, se apagó.
De repente… entró un niño y vio las tres velas apagadas. “Pero, ¿qué es esto? -dijo angustiado- Deberían estar encendidas hasta el final.” Al decir esto comenzó a llorar.
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Sentados en la rama de un árbol, el mono y la mona contemplaban la puesta de sol. En cierto momento, ella preguntó:
Qué hace que el cielo cambie de color a la hora en que el sol llega al horizonte?
Si quisiéramos explicarnos todo, dejaríamos de vivir, respondió el mono. -Quédate quieta, vamos a dejar que nuestro corazón disfrute con este romántico atardecer.
La mona enfurecida le dijo:.Eres primitivo y supersticioso. Ya no le prestas atención a la lógica, y sólo te interesa aprovechar la vida frente a poemas y relatos.
En ese momento, pasaba un Ciempiés.
Ciempiés!, gritó el mono. ¿Cómo haces para mover tantas patas en perfecta armonía?
Jamás lo pensé!, fue la respuesta.
Pues piénsalo! ¡A mi mujer le gustaría tener una explicación!
El ciempiés miró sus patas y comenzó:
Bueno… flexiono este músculo… no, no es así, yo debo mover mi cuerpo por aquí…
Durante media hora trato de explicar cómo movía sus patas, y a medida que lo intentaba, se iba confundiendo cada vez más. Cuando quiso continuar su camino, ya no pudo seguir caminando.
Ves lo que hiciste?, gritó desesperado. ¡Con el ansia de descubrir cómo funciono, perdí los movimientos!
Te das cuenta de lo que ocurre con aquellos que desean explicar todo?, dijo el mono, volviéndose una vez más para presenciar la puesta de sol en silencio.
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Bien!–dijo-, y cogió una jarra de agua de un litro que comenzó a verter en el frasco. El frasco aún no rebosaba.
Bueno, ¿qué hemos demostrado?, preguntó.
Un alumno respondió: Que no importa lo llena que esté tu agenda, si lo intentas, siempre puedes hacer que quepan más cosas.
No!, concluyó el experto: lo que esta lección nos enseña es que si no colocas las piedras grandes primero, nunca podrás colocarlas después.
Cuales son las grandes piedras en tu vida? ¿Tus hijos, tus amigos, tu iglesia, tus sueños, tu salud, la persona que quieres? -Recuerda, pon primero las que sean más grande para ti. El resto encontrará su lugar.
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Un experto asesor de empresas en Gestión del Tiempo quiso sorprender a los asistentes a su conferencia.
Sacó de debajo del escritorio un frasco grande de boca ancha. Lo colocó sobre la mesa, junto a una bandeja con piedras del tamaño de un puño y preguntó: ¿Cuántas piedras piensan que caben en el frasco?
Después de que los asistentes hicieran sus conjeturas, empezó a meter piedras hasta que llenó el frasco.
Luego preguntó: ¿Está lleno?
Todo el mundo lo miró y asintió. Entonces sacó de debajo de la mesa un cubo con gravilla. Metió parte de la gravilla en el frasco y lo agitó. Las piedrecillas penetraron por los espacios que dejaban las piedras grandes. El experto sonrió con ironía y repitió:
Está lleno?
Esta vez los oyentes dudaron: Tal vez no.
Bien!. Y puso en la mesa un cubo con arena que comenzó a volcar en el frasco. La arena se filtraba en los pequeños recovecos que dejaban las piedras y la grava.
Está lleno? preguntó de nuevo. ¡No!, exclamaron los asistentes.
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Un científico que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas. Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar.
El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lugar. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención. De repente se encontró con una revista en donde venia el mapa del mundo, ¡justo lo que necesitaba! Con unas tijeras recorto el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entrego a su hijo diciendo, como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de nadie. Entonces calculó que al pequeño le llevaría días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escucho la voz del niño que lo llamaba calmadamente: ¡Papá, papá!, ya lo hice todo, conseguí terminarlo.
Al principio el padre no dio crédito a las palabras del niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?
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Hijito, tú no sabías como era el mundo, ¿cómo lograste armarlo? Papá, yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi. que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo.
Esta reflexión nos confirma aquella idea de que si yo cambiara, cambiaría el mundo. Sé de tal manera y vive una vida tal, que si todos los hombres fueran como tú y vivieran como tú, nuestro mundo sería un paraíso terrenal.
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Una anciana de 78 años, elegantemente vestida, bien perfumada, perfectamente maquillada y con su cabello arreglado a la moda como acostumbraba estarlo cada día, se dirigía, acompañada de un caballero, hacia un asilo que sería en lo adelante su hogar. Su esposo había fallecido recientemente, lo que motivaba esta mudanza..
Después de muchas horas de esperar pacientemente en el recibidor del asilo, sonrió dulcemente, cuando se le dijo que su cuarto estaba listo.
Mientras se desplazaba con su andadera hacia el elevador, le dictaron una descripción detallada de su pequeño cuarto, incluyendo las cortinas que colgaban de su ventana.
Me encanta”, afirmó, con el entusiasmo de un niño de 8 años al que le acaban de entregar una nueva mascota.
Sra. Jones, no ha visto el cuarto, espere”. “Eso no importa”, respondió.
La felicidad es algo que decides con el tiempo. Si me gusta o no mi cuarto, no depende de cómo estén arreglados los muebles, depende de cómo arregle mi mente.
Ya decidí que me gusta. Es una decisión que hago cada mañana, cuando me levanto. Tengo la elección; puedo pasar el día en la cama, repasando la dificultad que tengo con las partes de mi cuerpo que no funcionan, o salir de la cama y estar agradecida por las partes que sí funcionan.
Cada día es un regalo, y mientras se abran mis ojos, me enfocaré en el nuevo día y los recuerdos felices que he almacenado sólo por ésta vez en mi vida.”
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“Qué mala suerte, hoy tampoco veré al lirio. Bueno, no importa, mañana le diré todo lo especial que es para mí”.
Al tercer día, la hormiguita se despertó muy temprano y salió hacia el estanque, pero al llegar encontró al lirio en el suelo, ya sin vida. La lluvia y el viento habían destrozado su tallo.
Entonces la hormiga pensó: ¡Qué tonta fui!, desperdicié demasiado tiempo, mi amigo se fue sin saber todo lo que yo lo quería. Ahora me siento arrepentido.
Y así fue como ambos nunca supieron lo importante que eran el uno para el otro.
No esperes a mañana. Hoy, ahora, es el momento para expresar nuestros sentimientos a nuestros seres queridos.
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Había una vez una hormiguita que, como toda buena hormiga, trabajadora y servicial, se la pasaba acarreando hojitas día y noche. Apenas tenía tiempo para descansar… y así transcurría su vida, trabajando y trabajando.
Un día fue a buscar comida a un estanque que estaba un poco lejos de su casa, y, para su sorpresa, al llegar al estanque vio como un botón de lirio se abría y de él surgía una hermosa y delicada florecilla.
Se acercó al lirio y le dijo: -¡Hola! ¿Sabes?, eres muy bonito, ¿qué eres?
Y la florcita contestó: Gracias. Soy un lirio. Y tú eres muy simpático, ¿qué eres?
Soy una hormiga. Gracias también.
Y así la hormiguita y el lirio siguieron conversando todo el día, haciéndose grandes amigos. Cuando iba a anochecer, la hormiga regresó a su casa, no sin antes prometer al lirio que volvería al día siguiente.
Mientras iba caminando a casa, la hormiga descubrió que admiraba a su nuevo amigo, que lo quería muchísimo y se dijo: “Mañana le diré que me encanta su forma de ser, mañana”.
Por su parte, el lirio, al quedarse solo se dijo: “Me gusta la amistad de la hormiga. Mañana cuando venga se lo diré”.
Pero al día siguiente la hormiguita se dio cuenta de que no había trabajado nada el día anterior. Así que decidió quedarse a trabajar y se dijo: “Mañana iré con el lirio, hoy no puedo, estoy demasiado ocupada. Pero mañana le diré, además, que le extraño”.
Al día siguiente amaneció lloviendo, y la hormiga no pudo salir de su casa y se dijo:
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