EL LLAMADO DEL ANGEL

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PEQUEÑA 3

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Había una joven muy rica, que tenía de todo, un marido maravilloso, unos hijos encantadores, un empleo que le daba muchísimo bien, una familia unida. Lo malo es que ella no conseguía conciliar todo eso, el trabajo y los quehaceres le ocupaban todo el tiempo, y ella lo quitaba de los hijos y su marido, y así las personas que ella amaba eran siempre dejadas para después. Hasta que un día, su padre, un hombre muy sabio, le dio un regalo: una flor carísima y rarísima, de la cual sólo había un ejemplar en todo el mundo. Y le dijo: “Hija, esta flor te va a ayudar mucho, más de lo que te imaginas. Tan sólo tendrás que regarla de vez en cuando, y a veces conversar un poco con ella, y te dará a cambio ese perfume maravilloso y esas maravillosas flores”. La joven quedó muy emocionada, pues la flor era de una belleza sin igual. Pero el tiempo fue pasando, los problemas surgieron de nuevo, el trabajo consumía todo su tiempo, y su vida, que continuaba confusa, no le permitía cuidar de la flor. Llegaba a casa, miraba la flor y todavía estaba allí. No mostraban señal de estropearse, estaba linda y perfumada. Entonces ella pasaba de largo. Hasta que un día, de pronto, la flor murió. Ella llegó a casa y se llevó un susto. La flor estaba completamente muerta, caída, y su raíz estaba reseca. La joven lloró mucho, y contó a su padre lo que había ocurrido.

19 julio, 2007 at 23:33
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Pero en el interior del gusanito había un impulso que le obligaba a seguir. Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar. “Estaré mejor”, fue lo último que dijo, y murió. Todos los animales del valle fueron a mirar sus restos. Ahí estaba el animal más loco del pueblo, que había construido como su tumba un monumento a la insensatez. Ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un sueño irrealizable. Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos, aquella concha dura comenzó a quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de la oruga que creían muerta, poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos.

19 julio, 2007 at 23:32
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Una mariposa, no hubo nada que decir, todos sabían lo que pasaría, se iría volando hasta la gran montaña y realizaría su sueño, el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir. Todos se había equivocado. Dios nos ha creado para realizar un sueño; pongamos la vida en intentar alcanzarlo, y si nos damos cuenta que no podemos, quizá necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas y entonces lo lograremos. El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado, sino por los obstáculos que has tenido que superar en el camino.

19 julio, 2007 at 23:32
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Dice una antigua leyenda china, que un discípulo preguntó al Maestro: “¿Cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?”. El Maestro le respondió: “Es muy pequeña, sin embargo tiene grandes consecuencias. Ven, te mostraré una imagen de cómo es el infierno”. Entraron en una habitación donde un grupo de personas estaba sentado alrededor de un gran recipiente con arroz, todos estaban hambrientos y desesperados, cada uno tenía una cuchara tomada fijamente desde su extremo, que llegaba hasta la olla. Pero cada cuchara tenía un mango tan largo que no podían llevársela a la boca. La desesperación y el sufrimiento eran terribles. Ven, dijo el Maestro después de un rato, ahora te mostraré una imagen de cómo es el cielo. Entraron en otra habitación, también con una olla de arroz, otro grupo de gente, las mismas cucharas largas… pero, allí, todos estaban felices y alimentados. “¿Por qué están tan felices aquí, mientras son desgraciados en la otra habitación, si todo es lo mismo? Como las cucharas tienen el mango muy largo, no pueden llevar la comida a su propia boca. En una de las habitaciones están todos desesperados en su egoísmo, y en la otra han aprendido a ayudarse unos a otros

19 julio, 2007 at 23:31
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Un pequeño gusano caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un saltamontes. “¿Hacia dónde te diriges?”, le preguntó. Sin dejar de caminar, la oruga contestó: “Tuve un sueño anoche: soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo”. Sorprendido, el saltamontes dijo mientras su amigo se alejaba: “¡Debes estar loco! ¿Cómo podrás llegar hasta aquel lugar? ¡Tú, una simple oruga! Una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable”. Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó, y su diminuto cuerpo no dejó de moverse. De pronto se oyó la voz de un escarabajo: “¿Hacia dónde te diriges con tanto empeño?”. Sudando ya el gusanito, le dijo jadeante: “Tuve un sueño y deseo realizarlo; subir a esa montaña y desde ahí contemplar todo nuestro mundo”. El escarabajo soltó una carcajada y dijo: “Ni yo, con patas tan grandes, intentaría realizar algo tan ambicioso”. Y se quedó en el suelo tumbado mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros. Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor le aconsejaron desistir: “¡No lo lograrás jamás!”. Pero en el interior del gusanito había un impulso que le obligaba a seguir

19 julio, 2007 at 23:31
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Se cuenta que con un viejo violín, un pobre hombre se ganaba la vida. Iba por los pueblos, comenzaba a tocar y la gente se reunía a su alrededor. Tocaba y al final pasaba entre la concurrencia una agujereada boina con la esperanza de que algún día se llenara. Cierto día comenzó a tocar como solía, se reunió la gente, y salió lo de costumbre: unos ruidos más o menos armoniosos. No daba para más ni el violín ni el violinista. Y acertó a pasar por allí un famoso compositor y virtuoso del violín. Se acercó también al grupo y al final le dejaron entre sus manos el instrumento. Con una mirada valoró las posibilidades, lo afinó, lo preparó… y tocó una pieza asombrosamente bella. El mismo dueño estaba perplejo y lleno de asombro. Iba de un lado para otro diciendo: “Es mi violín…!, es mi violín…!, es mi violín…!”. Nunca pensó que aquellas viejas cuerdas encerraran tantas posibilidades. No es difícil que cada uno, profundizando un poco en sí mismo, reconozca que no está rindiendo al máximo de sus posibilidades. Somos en muchas ocasiones como un viejo violín estropeado, y nos falta incluso alguna cuerda. Somos… un instrumento flojo, y además con frecuencia desafinado. Si intentamos tocar algo serio en la vida, sale eso… unos ruidos faltos de armonía

19 julio, 2007 at 23:30
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Y al final, cada vez que hacemos algo, necesitamos también pasar nuestra agujereada boina; necesitamos aplausos, consideración, alabanzas… Nos alimentamos de esas cosas; y si los que nos rodean no nos echan mucho, nos sentimos defraudados; viene el pesimismo. En el mejor de los casos se cumple el refrán: “Quien se alimenta de migajas anda siempre hambriento”: no acaban de llenarnos profundamente las cosas. Qué diferencia cuando dejamos que ese gran compositor, Dios, nos afine, nos arregle, ponga esa cuerda que falta, y dejemos ¡que Él toque! Pero también en la vida terrena existen violinistas que nos pueden afinar; un amigo, un compañero, un maestro, o cualquier persona de la que podamos obtener conocimientos, un consejo, una buena idea, una corrección fraterna, y quedaremos sorprendidos de las posibilidades que había encerradas en nuestra vida. Comprobamos que nuestra vida es bella y grandiosa cuanto que somos instrumentos perfectibles y, si nos proponemos ser mejores, lucharemos constante e incansablemente por ser: un violín cada vez mejor afinado.

19 julio, 2007 at 23:30
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Me acababa de levantar, cuando vi a través de los cristales empañados de mi ventana. Yo a pesar de tanto abrigo, tiritaba de aburrimiento. El no estaba sólo. Venía al frente de su pequeño ejército de amigos voluntarios. Nunca había contemplado a un caudillo más joven y recio que él. Mis ojos cansados de soñar sin dormir, se esforzaban para no dar crédito a esta visión heroica, tan opuesta a mi vida. Temblé de rabia cobarde cuando noté que él me miraba. Con voz fuerte, mientras su mirada amablemente se mantenía hacia mí, me preguntó: “¿Te vienes conmigo”. Como si no lo hubiera oído, casi disimulando, proferí algo así como: “¿Eehh…. Quéee…?”. Su recia voz se oyó de nuevo: “¿Qué si te vienes voluntario conmigo?”. Tartamudeando, débilmente respondí: “No, no puedo…, es que estoy aquí atado…; atado voluntariamente, al suave y lindo calorcito de mi estufilla…”. Mientras yo bostezaba, su voz –la voz de él– resonó majestuosa, con la nobleza amplia de las cascadas eternas: “¡En marcha!”. Sus soldados decididos y voluntarios, caminaron tras él sobre la blancura ideal de la nieve pura. Y sus huellas –las de él– y las de ellos, quedaron impresas profundamente, marcando un camino recto y nuevo hacia el sol. Pero yo…, yo no. He preferido quedarme aquí detrás de los cristales empañados, atado suave, cómodamente, al calorcito cercano de mi estufilla privada

19 julio, 2007 at 23:29
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Dios me dijo un día: “Dame un poco de tu tiempo”. Y yo le respondí: “Pero Señor, si el tiempo que tengo no me basta ni para mí”. Dios me repitió, más alto: “Dame un poco de tu tiempo”. Y yo le respondí: “Pero Señor, si no es por mala voluntad: es de verdad, no me sobra ni un minuto”. Dios volvió a hablarme: “Dame un poco de tu tiempo”. Y yo le respondí: “Señor, ya sé que debo reservar un poco de tiempo para lo que me pides, pero sucede que ha veces no me sobra nada para poder dar. ¡Es muy difícil vivir, y a mí me lleva todo el tiempo! ¡No puedo dar más de lo que te estoy dando!”. Entonces Dios ya no me dijo nada más. Y desde entonces descubrí que cuando Dios pide algo, pide nuestra misma vida. Y si uno da sólo un poco, Dios se calla. El paso siguiente ha de ser cosa nuestra, porque a Dios no le gusta el monólogo. Qué tremendo debe ser el que Dios se calle

19 julio, 2007 at 23:29
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Un carretero conducía a sus animales por un camino fangoso completamente cargados, y las ruedas de la carreta se hundieron tanto en el lodo que los caballos no podían moverla. El carretero miraba desesperado alrededor suyo, llamando a Hércules a gritos para pedirle ayuda. Al fin el dios se presentó, y le dijo: “Apoya el hombro en la rueda, hombre, y azuza tus caballos, y luego pide auxilio a Hércules. Porque si no alzas un dedo para ayudarte a ti mismo, no esperes socorro de Hércules ni de nadie”.

19 julio, 2007 at 23:29
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Pues me gustaría volver a vivir toda mi vida, como la viven los demás. Aprender a sufrir me enseñaría a fortalecer mi espíritu y también aprendería a esperar lo bueno y lo malo de la vida con paciencia. Sin conocer el dolor, no podré ser humano y me privaré de comprender a los que sufren”. Pedro devolvió al mago la cajita de plata, y en aquel mismo momento quedó profundamente dormido. Al despertar vio con asombro que todo había sido un sueño. Al día siguiente fue a la escuela con muchas ganas de estudiar.

19 julio, 2007 at 23:28
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Pues me gustaría volver a vivir toda mi vida, como la viven los demás. Aprender a sufrir me enseñaría a fortalecer mi espíritu y también aprendería a esperar lo bueno y lo malo de la vida con paciencia. Sin conocer el dolor, no podré ser humano y me privaré de comprender a los que sufren”. Pedro devolvió al mago la cajita de plata, y en aquel mismo momento quedó profundamente dormido. Al despertar vio con asombro que todo había sido un sueño. Al día siguiente fue a la escuela con muchas ganas de estudiar.

19 julio, 2007 at 23:28
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De pronto, un día se dio cuenta de que su madre tenía el pelo blanco y la cara surcada de arrugas. Su aspecto era de una mujer muy fatigada. Pedro sintió remordimiento de haber hecho correr el tiempo con demasiada prisa. El tiempo pasaba rápido, y si tiraba del hilo eliminaba una enfermedad, pero enseguida aparecían otras. Cada día le resultaba más pesado el trabajo. Un día le dijo Hilda. “Ya has estado trabajando bastante. ¿Porque no te jubilas?”. “Tienes razón, pero siento que todavía no tenemos suficientes ahorros y ya no tengo fuerzas”. Un día que paseaba apesadumbrado por el campo, oyó pronunciar su nombre: “¡Pedro!”. Miró hacia arriba y vio al mago: “¿Has sido feliz?”, le preguntó. “No lo sé. La cajita que me diste era maravillosa, nunca he tenido que esperar, y tampoco he sufrido por nada…, pero la vida se me ha pasado como un soplo, y ahora me siento viejo, débil y pobre”. “Cuanto lo siento, yo pensé que te sentirías el más feliz de los hombres, al poder disponer de tu tiempo a tu capricho. ¿Puedo satisfacer todavía un deseo tuyo, ¡el que tú quieras

19 julio, 2007 at 23:27
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Una vez dichas estas palabras, el mago desapareció, dejando a Pedro muy contento con lo que creía ser el mejor de todos los tesoros. Cuando quedó solo, contempló aquella cajita con su diminuto orificio, pero no se atrevió a tirar del hilo de oro. Al día siguiente, en la escuela, estaba más distraído que nunca y el maestro le dijo: “A ver, Pedro. Repite lo que acabo de explicar”. Como es natural, Pedro no supo qué decir. “Veo que no has prestado la menor atención, así que como castigo copiarás veinte veces la lección de hoy. Entonces, Pedro sacó disimuladamente la cajita y, bajo su pupitre, tiró un poquitín del hilo de oro. Y un momento después el maestro le dijo: “Bien, ya has terminado el castigo, puedes irte”. Pedro se sentía el más feliz de todos los mortales y, a partir de entonces se divertía continuamente, porque solo tiraba del hilo a la hora de estudiar. Nunca se le ocurría tirar del hilo cuando estaba de vacaciones o cuando estaba con Hilda. Pasaron así semanas y meses hasta que un día pensó: “Aunque esté siempre de vacaciones, ser niño es aburridísimo, así que aprenderé un oficio en vez de ir a la escuela y pronto podré casarme con Hilda. Por la noche, tiró mucho del hilo y a la mañana siguiente, se encontró como aprendiz en el taller de carpintero. Durante un tiempo se sintió feliz y no tiraba del hilo más que en determinadas ocasiones, cuando le parecía que tardaba demasiado el día en que cobraba su jorna

19 julio, 2007 at 23:26
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casarte conmigo? Ya soy un buen carpintero”. “Sí, Pedro, acepto”. Como estaba en sus posibilidades nuevamente, sin que ella supiera, tiró del hilo, y se vieron marchando al templo para casarse. Pero no duró mucho el contento de la feliz pareja. Pedro hubo de incorporarse al servicio militar. Hilda lloraba desconsolada por la separación. “No te aflijas, verás que pronto se pasarán los años”. Durante las primeras semanas de cuartel, Pedro no tiró del hilo, recordando las advertencias del mago. Además la vida de militar le resultaba agradable, por la novedad y porque sus compañeros eran muchachos despreocupados y bromistas. Le encantaba al comienzo, salir de campaña, cargar cañones con granadas, y disparar al grito del capitán. También le gustaba recibir las cartas cariñosas de Hilda. Según pasaba el tiempo, la vida en el cuartel empezó a parecerle aburrida, así que tiró de nuevo del hilo y enseguida estuvo en casa. Hilda lo recibió con gran alegría: “¡Estos dos años han pasado como un sueño!”. “Ya no volveré a tirar más del hilo –se decía a solas–, pues siento que va pasando la edad mas bella de mi vida”. Pero a veces olvidaba sus buenos propósitos, y en cuanto se sentía cansado tiraba un poco del hilo, y sus problemas se pasaban enseguida.

19 julio, 2007 at 23:26
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