Precioso Luna gracias, un beso amiga.
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Gracias Luna por pasarte por aquí,
y dejar este lindo poema, Un beso amiga
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Precioso poema, gracias
por compatir, un besso,
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Enterrado vivo
en un infinito
dédalo de espejos,
me oigo, me sigo,
me busco en el liso
muro del silencio.
Pero no me encuentro.
Palpo, escucho, miro.
Por todos los ecos
de este laberinto,
un acento mío
está pretendiendo
llegar a mi oído.
Pero no lo advierto.
Alguien está preso
aquí, en este frío
lúcido recinto,
dédalo de espejos…
Alguien, al que imito.
Si se va, me alejo.
Si regresa, vuelvo.
Si se duerme, sueño.
“¿Eres tú?”, me digo…
Pero no contesto.
Perseguido, herido
por el mismo acento
-que no sé si es mío-
contra el eco mismo
del mismo recuerdo
en este infinito
dédalo de espejos
enterrado vivo.
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Yo camino buscando tu sonrisa de nube,
tu sonrisa de ala, tu sonrisa de fiebre.
Yo voy por el amor, por el heroico vino
que revienta los labios. Vengo de la tristeza,
de la agria cortesía que enmohece los ojos.
Pero el amor es lento, pero el amor es muerte
resignada y sombría: el amor es misterio,
es una luna parda, larga noche sin crímenes,
río de suicidas fríos y pensativos, fea
y perfecta maldad hija de una Poesía
que todavía rezuma lágrimas y bostezos,
oraciones y agua, bendiciones y penas.
Te busco por la lluvia creadora de violencias,
por la lluvia sonora de laureles y sombras,
amada tanto tiempo, tanto tiempo deseada,
finalmente destruida por un alba de odio.
Efraín Huerta:
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El amor viene lento como la tierra negra,
como luz de doncella, como el aire del trigo.
Se parece a la lluvia lavando viejos árboles,
resucitando pájaros. Es blanquísimo y limpio,
larguísimo y sereno: veinte sonrisas claras,
un chorro de granizo o fría seda educada.
Es como el sol, el alba: una espiga muy grande.
Yo camino en silencio por donde lloran piedras
que quieren ser palomas, o estrellas,
o canarios: voy entre campanas.
Escucho los sollozos de los cuervos que mueren,
de negros perros semejantes a tristes golondrinas.
Yo camino buscando tu sonrisa de fiesta,
tu azul melancolía, tu garganta morena
y esa voz de cuchillo que domina mis nervios.
Ignorante de todo, llevo el rumbo del viento,
el olor de la niebla, el murmullo del tiempo.
Enséñame tu forma de gran lirio salvaje:
cómo viven tus brazos, cómo alienta tu pecho,
cómo en tus finas piernas siguen latiendo rosas
y en tus largos cabellos las dolientes violetas.
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¿Quieres oir un sueño?…
Pues anoche
ví la brisa fugaz de la espesura
que al rozar con el broche
de un lirio que se alzaba en la pradera
grabó sobre él un “beso”,
perdiéndose después rauda y ligera
de la enramada entre el follaje espeso.
Este es mi sueño todo,
y si entenderlo quieres, niña bella,
une tus labios en los labios míos
y sabrás quién es “él” y quien es “ella”.
Manuel Acuña
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LA sombra que indagué ya no me pertenece.
Yo tengo la alegría duradera del mástil,
la herencia de los bosques, el viento del camino
y un día decidido bajo la luz terrestre.
No escribo para que otros libros me aprisionen
ni para encarnizados aprendices de lirio,
sino para sencillos habitantes que piden
agua y luna, elementos del orden inmutable,
escuelas, pan y vino, guitarras y herramientas.
Escribo para el pueblo, aunque no pueda
leer mi poesía con sus ojos rurales.
Vendrá el instante en que una línea, el aire
que removió mi vida, llegará a sus orejas,
y entonces el labriego levantará los ojos,
el minero sonreirá rompiendo piedras,
el palanquero se limpiará la frente,
el pescador verá mejor el brillo
de un pez que palpitando le quemará las manos,
el mecánico, limpio, recién lavado, lleno
de aroma de jabón mirará mis poemas,
y ellos dirán tal vez: “Fue un camarada”.
Eso es bastante, ésa es la corona que quiero.
Quiero que a la salida de fábricas y minas
esté mi poesía adherida a la tierra,
al aire, a la victoria del hombre maltratado.
Quiero que un joven halle en la dureza
que construí, con lentitud y con metales,
como una caja, abriéndola, cara a cara, la vida,
y hundiendo el alma toque las ráfagas que hicieron
mi alegría, en la altura tempestuosa.
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El amor es lo que nace de nuestra carne amante
Que se derrocha de nuestro cuerpo fundido,
en la esperanza de verte, y poder decirte
lo que mi corazón siente.
Todo esto es fácil de interpretar porque te amo
(Rodrigo reyes, Nicaragua)
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No vale la pena, luchar contra a quien no le importa hacer daño, sea quien sea, no dejará de hacerlo por eso.
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Cuando el odio y el amor
se vieron por primera vez
¡el odio se sorprendió!
que por mas que lo intentara
¡¡¡Al amor!!! Nunca, lo pudo vencer,
Mas el AMOR muy cachazudo
muy discreto y silencioso
al odio le dijo un día
¡que era muy pretencioso!,
¡Por qué me persigues así!
por qué siempre noche día
en tener suerte por fías
para conseguir tu fin!,
¡Y tu fin, por mucho que tu porfíes
nunca podrá ser mi fin!
Al, AMOR, no lo vence el odio,
ni el rencor, Ni todo el veneno
del mundo metido en tu sinrazón,
¡¡Mira odio!! ¡¡Mira….si es fuerte el AMOR!!
Pero el odio aun muy altivo,
queriendo tener razón
y sin medir sus palabras, al Amor le respondió,
..Amor, Amor, horrible palabra Amor,
que por culpa de ese Amor tengo seco el corazón,
Por eso te odio amor…solo por eso…
…Odio tu alegría, y tus ganas de vivir,
y ese amor que sin medida tu derrochas por ahí,
Por eso te odio amor…solo por eso…
Y el AMOR sin sorprenderse
al odio le respondió,
¡¡¡Ay!! Odio…odio, como puedes ser así,
odiando de esta manera no se puede ser feliz!!!,
Si no rectificas a tiempo…
Que mal que vas a vivir.
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Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.
Por ir al Norte, fue al Sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.
Que las estrellas, rocío;
que la calor, la nevada.
Se equivocaba.
Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón, su casa.
Se equivocaba.
Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama.
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BUENO YA VEO QUE MAS DE LO MISMO… DIOS QUE CRUZ
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A una gota de rocío
Van forjando al rocío fondo y forma
en la secreta fragua,
cuando nadie lo ve, para después
dejarlo igual que un vaso en la alacena
de la naturaleza inabarcable,
agua de pozo limpia y sed al mismo tiempo.
Y cómo estos principios se combinan
para pulir, tal piedra de diamante,
el silencio y la rosa
de donde nace al fin, como del poro
de la noche agitada van naciendo
nuestros sueños más íntimos,
esa pequeña gota
destilada en el tallo de cualquier loca avena.
Luego el sueño también le vence a ella,
y se evapora, devolviéndole al mundo
su perfume de rosa y su silencio,
y no deja más rastro
que en nosotros la vida, si morimos.
Y por ello, si fuera dios yo un día,
no cogería arcilla de la tierra
ni ninguna otra cosa,
sino a ti, mi pequeña Galatea
que en la avena te meces dulcemente,
y ordenaría al punto: Hágase el hombre
de esta lágrima pura,
y así quizá pudiera ser el hombre,
pleno en su instante único
entre tan bellas nadas,
más duradero sueño, una leyenda.
Andrés Trapiello
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Gracias ti por esta hermosa poesía, y tus palabras del final, que me han emocionado un montonnnnnnnnnnnnnnnn buaaaaaaa esnif esniffff Un besito corazón adeuu y cuidat,
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