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Los biógrafos del inolvidable don Francisco han relatado varios hechos que demuestran la sinceridad, la modestia, el altruismo del gran pedagogo, quien conservó hasta los últimos años sus dotes prodigiosas de adoctrinados, sin considerarse nunca un maestro, sino más bien un compañero de sus discípulos, a los que trató siempre con un cariño y una solicitud, verdaderamente paternales. Su fallecimiento, ocurrido en Madrid el día 18 de Febrero de 1915, constituyó una pérdida irreparable para España. Su recuerdo será imperecedero; lo fundamental de su obra pedagógica, más que la filosófica, quedará como base inconmovible de nuevas orientaciones para la cultura patria, y su apostolado servirá de ejemplo, como título de nobleza de uno de los hombres más doctos y virtuosos que ha tenido España en nuestra época de arrivismo y claudicaciones.
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