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En el año 1998, los medios dedicaron sus más amplios espacios y sus mejores energías al romance del presidente del planeta con una de sus secretarias llamada Mónica Lewinski.
Todos fuimos “lewinskizados”. El asunto estaba en todos los periódicos que desayuné, los informativos radiales que escuché, las revistas que acompañaron mis café y en todos los telediarios que cené. Sé que en el 98 ocurrieron otras cosas, pero no consigo recordar qué.
Más o menos lo mismo me ocurre ahora con el “caso Nisman”, y el problema no es que eso a mí me aburra o no, el problema es que, de seguir así, el asunto terminará por naturalizarse y dejará de importarnos.

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