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Érase una vez un niño cuando tenía seis años
Muy tímido, muy curioso para descubrir lo extraño.
Sus ojazos sorprendidos captaban esas facetas
Novedosas que la vida le mostraba, sus rarezas.
A veces no comprendía, pues no era en los movimientos
Que el misterio se cifraba. A veces, los pensamientos.
Esas gentes, a través del fulgor de una mirada,
En hondo suspiro mudo, y nada más, se expresaban.
Esas enigmas menores, lo no dicho, la respuesta,
O una canción tan triste como el subir una cuesta
Con un peso en las espaldas, un gesto ya resignado,
Ya vencido, se quedaban en silencio, inexpresados.
(SIGUE)
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