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– Ya es casi la hora.
– ¿Puedo tener un reloj? –preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
– ¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
– Ven, vamos a verlo –dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
– No entiendo.
– Ya lo entenderás –dijo el padre–. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
– Entra, hijo.
– Está oscuro.
– No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
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