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KASIDA DE LOS OJOS
Cuando iba por el zoco
murmuraron : “Es ciega”.
Y era verdad.
Marchaba como si fuese a tientas.
El sol de la mañana
era miel en las piedras,
y en la cal del aljibe,
y en la blanca azotea.
En las tapias había
sangre de rosas tiernas,
y entre las rejas,
lunas de jazmines y adelfas.
Presentías bancales
cargados de alhucema,
pero no podía verlos,
pues iba herida y ciega.
Y es que dejé los ojos,
¡ay, pena de mi pena!
Y es que dejé tus ojos
en la almohada fresca,
durmiendo un sueño verde
de albahaca y de menta.
Y al salir a la calle,
entonando la puerta,
no me acordé mi amado,
de que iba herida y ciega.
R. de León
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