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Me ha dejado tu muerte un sabor agridulce,
que en múchísimo tiempo no se irá de mi boca;
un sabor machacado de retama y de tuera,
revuelto con panales de la miel de tu Alcarria.
Tu verbo era fácil, tan hondo y castellano
que cuando comenzabas a hablar de cualquier cosa,
saltaban las palabras, precisas, escogidas,
con un sonido alegre de tallados cristales.
Conocías de siempre a Dante y a Petrarca,
sabías de memoria a Horacio y a Virgilio
y en los libros pautados del canto gregoriano
entonabas latines sin errar una sílaba.
Tu verso era sonoro, delicado en matices,
clásicamente puro, de recias consonantes;
tal vez con influencias de Teresa de Ávila
y del viejo Alcipreste para ti tan cercano.
Cuando desempolvabas el Siglo Diecinueve
- tú que habías nacido a primero del Veinte –
traías a nosotros pomporés de vitrinas
y una palabrería francamente graciosa…
En corros literarios, negándote decían:
¿Cómo escribe canciones siendo tan buen poeta?…
Olvidando los nombres de Marquina y Machado
y de que por montañas, tambien las hizo Lope.
R. de León
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