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Una flor, una sonrisa,
una montaña nevada…
El sol naciendo o muriendo
y toda la artesanía
que se plasmaba en un cuadro:
una catedral, una ermita,
un retablo, una imagen
o una simple poesía,
que venía y que tocaba
los que otros escribían.
Un prado verde, un jardín
y sus tantas florecillas;
también las otras silvestres
que en los bosques se escondían.
¿Y los niños? ¡Ay, los niños!
En sus ojos te veía.
Te veía en sus sonrisas
y sus llantos me dolían.
¿Y los mayores?
La otra infancia perdida.
Te veía en sus arrugas
y en la Paz que transmitían.
CARMEN RECIO,
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