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La espada en luz, templada en la mañana
será un arpón de fuego al mediodía,
luciendo en su belleza y armonía
de luz, en que la tierra se engalana.
Y cerrando su hoz, al día gana
en fulgores de rojo en que se huía:
el ¡adiós! a la vida de ese día,
que marcha hacia su fin, del que se ufana.
¡El día! ¿quién no canta su belleza?
es cálido sentido, su fulgor;
la miel de la verdad de su certeza.
El canto de su fuego y de su amor,
No temas a la luz que es su fineza
es jugo delicado y superior.
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