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Y me enfrento a Él y le pregunto: ¿dónde están tus manos,
Señor?
Para luchar por la justicia, para dar una caricia, un
consuelo al abandonado, rescatar a la juventud de las
drogas, dar amor y ternura a los olvidados.
Después de un largo silencio escuché su voz que me
reclamó:
“No te das cuenta que tú eres mis manos, atrévete a usarlas
para lo que fueron hechas, para dar amor y alcanzar estrellas”.
Y comprendí que las manos de Dios somos “TU y YO”,
los que tenemos la voluntad, el conocimiento y el coraje
de luchar por un mundo más humano y justo, aquellos
cuyos ideales sean tan altos que no puedan dejar de
acudir a la llamada del destino, aquellos que desafiando
el dolor, la crítica y la blasfemia se retienen a sí mismos
para ser las manos de Dios.
Señor, ahora me doy cuenta que mis manos están sin llenar,
que no han dado lo que deberían de dar, te pido ahora perdón
por el amor que me diste y no he sabido compartir, las debo
usar para amar y conquistar la grandeza de la creación.
El mundo necesita de esas, manos llenas de ideales y
estrellas, cuya obra magna sea contribuir día a día, a
forjar una nueva civilización que busque valores superiores,
que compartan generosamente lo que Dios nos ha dado y
puedan llegar al final vacías, porque entregaron todo
con amor, para lo que fueron creadas.
Y Dios seguramente dirá:
¡ESAS SON MIS MANOS!
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