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Cuando miro a ese joven antes fuerte y decidido, ahora
embrutecido por la droga y el alcohol, cuando veo
titubeante lo que antes era una inteligencia brillante y
ahora harapos sin rumbo ni destino, me pregunto:
¿dónde estarán las manos de Dios?
Cuando a esa chiquilla que debería soñar en fantasías,
la veo arrastrar su existencia y en su rostro se refleja
ya el hastío de vivir, y buscando sobrevivir se pinta la boca,
se ciñe el vestido y sale a vender su cuerpo, me pregunto:
¿dónde estarán las manos de Dios?
Cuando aquel pequeño a las tres de la madrugada
me ofrece su periódico, su miserable cajita de dulces
sin vender, cuando lo veo dormir en la puerta del zaguán
titiritando de frío, con unos cuantos periódicos que
cubren su frágil cuerpecito, cuando su mirada me
reclama una caricia, cuando lo veo sin esperanzas
vagar con la única compañía de un perro callejero,
me pregunto:
¿dónde estarán las manos de Dios?
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