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Chávez no tuvo miedo de cosas que a cualquier hombre sensato lo habrían erizado. Después lo siguieron otros, y en este punto cómo no recordar a Néstor Kirchner cuando, antes de la reestructuración de deuda más grande de la historia, zampó su diagnóstico irrefutable, el mismo al que diez años después empiezan a llegar los europeos: fue cuando dijo que “los muertos no pagan”.
Hoy, poco queda ya de aquellos indignados europeos que salieron a las calles en 2011. O al menos, los grandes medios no dan cuenta de qué pasó con esos jóvenes que cuestionaban el sistema, pero seguían identificando sistema, con política, como si fuera inevitable que la política fuera una sola cosa: pura mugre.
Aquí sabemos lo que es lidiar con las urgencias: durante los ’90 en la Argentina no se habló de política sino de hambre y desempleo. En España les cayeron las lluvias tóxicas de los recortes, y los “desahucios”: esa guillotina que corta de cuajo las ganas de vivir de quienes de un día para el otro pierden el techo. Esos bonzos y suicidas con nombre y apellido, individuados todavía gracias a las capas de Estado de Bienestar que la troika quiere desmantelar, expresan en Europa lo que en América latina, un continente hasta hace poco tiempo “sacrificable”, expresaron los millones de excluidos que el mismo sistema y las mismas políticas escupieron durante años.
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