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Y me llenaba todo de azul cuajado y duro
de la mañana viva de luz definitiva:
cabeza rubia, aurora.
Me dolían los dedos, las articulaciones,
el agujero triste del corazón sin nadie.
Me dolían los ojos de tenerlos abiertos.
El mundo entero en vilo no supo qué decirme.
Sentado ante un espejo componía sus rizos
o se pintaba, bello de absurda indiferencia.
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