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Estoy en uno de esos momentos que ni nombre tienen.. Nada hay que decir ni motivo que resaltar.
Marcho al parque de Ramón y Cajal, que está a cincuenta metros de casa. Despacio. La fuerza de la costumbre me invita a observar, y lo hago.
Primavera que deriva en verano sin que el calor haya dado su clásica razón de existir. Desperezo del letargo universal que parece atizonado con las frías brumas del marasmo.. Ni una ráfaga de aire tibio embalsama el ambiente. Por el contrario, la amanecida es suavemente invernal.
El parque no está muy concurrido, y eso que es digno de atención. Su extensión de casi un kilómetro enmarcado por ocho filas de árboles frondosos que hacen sentir su agradable mensaje.
Unos niños cantan su himno de júbilo con la inquietud característica del buen estado fisiológico, ebrio de significado en el bullicio vital que obliga a no reposar un instante.-
Una joven pareja pasea en íntimo abrazo, olvidados de todo cuanto les rodea. Para ellos no existe más. Sus ojos lucen fogatas de fiestas; brillo de brasas alimentadas por Vesubios de emoción. En sus retinas están grabadas luminarias con el cincel del amor. Los labios están estremecidos hasta terminar
en la calla elocuencia de un beso.
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