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Desde mi ventana observo el lento transitar de la agonía del estío que se resiste a fenecer mientras el otoño, lenta pero implacablemente se va haciendo presente, acortando los días hasta llegar al dorado y próximo equinoccio.
Este otoño dorado se me anuncia casi como una segunda primavera. Cada hoja seca se me antoja la promesa de una bella flor y cada atardecer me regala sus brillos rojizos y tostados de un sol tibio y amable que se oculta despacio regalando con sus últimos rayos de belleza infinita la promesa de un nuevo amanecer, majestoso y cargado de promesas dulces como los higos maduros, las uvas moradas y las rojas granadas que penden ya generosas prestas a donar su fruto..
Otoño dulce que se adormece plácido en la melancolía de sus hojas muertas antes de hacerse olvido, preparando sin prisas el adagio solemne del invierno.
Su fresca brisa es un aliento fresco que juega con mi pelo y danza con las hojas amarillas hasta hacerlas caer extenuadas tras el largo y cálido verano, alfombrando el suelo de polícroma belleza otoñal, concediendo a los ocres y rojizos el protagonismo esperado largo tiempo.
No temas al otoño que llega, no es muerte, solo sueño y letargo merecido, descanso de la naturaleza , paréntesis de vida que se oculta para emerger de nuevo en la alegría de una nueva primavera.
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