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No corría porque llegara tarde, si le hubiera sobrado tiempo también correría. La sensación de agobio, de premura, eliminaba otras sensaciones menos reconfortantes.
El empedrado de la calle, no ayudaba a sus tacones de aguja. Su falda, estrecha, no le permitía pasos más largos.
Llegó a la puerta. Cerrada. Los nudillos le dolieron al estrellarse repetidamente contra la madera.
Sólo se abrió una hoja. Mal presagio.
-Vengo a reivindicar un te quiero.
En ese instante comenzó a llover.
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