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Algunos dicen que la primavera es un estado de ánimo. Y quizá tengan razón. Pero cuando el calendario anuncia que es septiembre y llegó la primavera, ya no hay tutía que valga.
Es primavera para el oficialista y para el opositor.
No ocurre lo mismo con la realidad y su verdad.
La realidad está allí al alcance de quien la quiera ver sin anteojeras ni resentimiento ni tanto odio encima. Pero no es fácil la tarea.
Un ejército mediático de colonizadores y colonizados se despliega en el terreno para convencernos, desde el diario, la TV y la radio, que seguimos en invierno y que mientras haya un proyecto como el que lidera Cristina, siempre será invierno, aunque las hojas no caigan de los árboles y las flores cubran las plazas y los bosques y las casas y los arrabales más lejanos estén cubiertos de verde, rojo, azul, violeta y celeste.
El gris de invierno es de ellos y no se dan cuenta.
La verborragia opositora y el veneno que destilan las editoriales, las tapas y los comentarios de los invitados a los programas, indignan fácilmente.
Se indignan los que reaccionan diciendo frente al televisor como si los escucharan: “pero estás mintiendo, chabón”. Y se indignan también los ciudadanos que les creen; atrapados en la red de la gran confabulación, quiebran su voluntad a favor de quienes son sus únicos verdugos.
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