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1 de agosto de 1936
Un hombre, más alto de lo que después se ha dicho 1’76m, ha convencido al pueblo alemán de su superioridad como raza y ha sido votado en elecciones democráticas.
El dirigible Hindenburg sobrevuela el Olympiastadion antes de que aparezca el Jefe del Estado Adolf Hitler e inaugure los XI Juegos Olímpicos una magnífica puesta en escena preparada para certificar la supremacía de la raza aria sobre el resto de la humanidad.
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