|
Sonrieron. Ilusos.
Pero no tardaron en darse cuenta
que ya era inalcanzable para su ponzoña,
que estaba mucho más alto
que lo que su mediocre egoísmo
les permitía imaginar.
La sonrisa se les hizo mueca
y comenzó para ellos una pesadilla
en que florece millones de veces,
consecuente y obstinado,
y contagia su vida en nuestros corazones.
Sonrieron. Ilusos.
Debieran saber desde siempre
que las tumbas no detienen a los sueños.
|