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Lo noté con una fiebre altísima. El niño tendría un par de años.
- Ahora tómalo y dale todo el amor que puedas…
- No entiendo… – me excusé
- Que le des todo el cariño de que seas capaz, a tu manera… -Y me dejó con el niño.
Le canté, lo besé, lo arrullé… dejó de llorar, me sonrió, se durmió…
Al cabo de un rato busqué llorando a la hermana:
-Hermana: no respira…
La monja certificó su muerte:
- Ha muerto en tus brazos… Y tú le has adelantado quince minutos con tu cariño el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad.
Entonces entendí tantas cosas: el cielo, el amor de mis padres, el amor de Jesús, los detalles de afecto de mis amigos…: mi viaje a Kenya supuso un antes y un después en mi vida. Ahora sé que todos tenemos “kenyas” a nuestro alrededor para dar amor cada día.
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