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El citado niño judío fue enviado al entonces naciente Estado de Israel, donde se criaría y educaría. La anécdota resultó muy interesante para Karol Wojtyla, y pasó a ser más cfoodora aún, cuando el gran rabino le aclaró la identidad de aquellas personas:
Ese párroco católico era Usted, Eminencia . Y ese niño huérfano… era yo.
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