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Cuando no amamos, nuestro amor desaparece porque a amar, a esperar, a creer, se crece amando, esperando y creciendo y eso hay que fortalecerlo y se fortalece con el ejercicio, con la vida.
Nosotros nos dispersamos con facilidad. Damos la tentación por natural y ya la tentación convive con nosotros -mejor- nosotros convivimos con ella. Pongamos un ejemplo: Cualquiera de nosotros experimentamos la necesidad de orar especialmente por una causa concreta. Nos vamos a la iglesia, y nos sumamos al rezo del rosario parroquial. Termina la oración y salimos de la parroquia, para seguir con nuestras actividades. Cabría pregunbtarse: ¿cuánto tiempo la mente y el corazón permanece en oración, en la presencia del Señor, en cuanto cruza el umbral de la puerta y se pone a hablar de cualquier cosa?
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