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Más que centrarnos en las ofensas recibidas (que suelen ser recíprocas), hemos de concentrarnos, sin por ello dejar de hacer valer con firmeza lo que es justo, en perdonar como nosotros queremos ser perdonados.
La mera justicia, sin el perdón, se convierte en un mecanismo social que chirría, que cruje, y que al final no satisface a nadie y corre el riesgo de convertirse en la mayor injusticia. El perdón, en cambio, es el aceite de una sociedad humana armónica en que reine la justicia y el amor. El corolario claro es la necesidad del diálogo sincero para encontrar puentes que unen, antes de que sea inevitable una ruptura que podría ser traumática para todos.
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