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Todo dominico debe reconocer en el pobre y en el que sufre el rostro de Dios y debe sentir la compasión que nuestro padre Sto. Domingo había aprendido en el seguimiento de nuestro Señor Jesucristo. Así, la reflexión teológica se alimentará de misericordia y evitará el hacer de la vida conventual un refugio ante los desafíos y las exigencias de la realidad. (Méx. n. 66)
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