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Si actúa como agujero negro absorbe hacia el interior todo lo que le rodea, siendo luego la mente la que clasifica, la que separa lo útil de lo inútil, lo que interesa de lo que no.
Y ese movimiento dentro-fuera, fuera-dentro, se produce en un tiempo sin tiempo, sin pautas ni esquemas, automático.
Es la mente la que lo dirige, la que lo maneja.
Podríamos decir que el ojo es la ventana de la mente, el instrumento por excelencia de la mente.
Pero también es una copia en miniatura del funcionamiento del Cosmos, porque somos un microcosmos, unas criaturas hechas a imagen y semejanza del Creador.
Y estamos aquí para aprender, para enriquecernos y tratar de hacernos sabios.
Aprender, por tanto, implica saber utilizar el ojo y sus funciones, saber dirigir la mirada hacia aquello que nos atrae para extraer de ello su esencia, la sabiduría implícita en todo lo creado.
Implica saber observar.
Saber Mirar para saber Ver. Saber Ver para saber Comprender.
Pero saber Ver es captar lo que Es en lo que miramos, no lo que suponemos, interpretamos, creemos o deducimos.
Aprender a Ver es aprender a Observar. Sin condiciones. Sin poner en ese acto nuestros prejuicios. Sin “manchar” la visión con nuestro criterio.
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