CANTO A ANDALUCÍA

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ravi

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CUENTO DEL PUENTE ROMANO.

Ya hacía unos día que había acampado allí una caravana de gitanos y como su oficio es andurrear por todos sitios con el fin de poder buscar los necesarios alimentos para su prole, unos iban para un sitio otros para otro y las mujeres ingeniándose en sus misteriosas sabidurías echando las cartas y leyendo las manos de las personas supersticiosas que se creen casi todo lo de este falso mundo.

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A NUESTRA PERRA “TASIA”

En plena juventud, por tu ignorancia
dejaste de existir, querida “Tasia”.
Cuando más alegre discurría tu vida,
gozando de la libertad de este paraje
vino a visitarte, en negro traje,
un dudoso fantasma, allí en la cima…

Populará un recuerdo en el ambiente
junto a este “Humaina”, eternamente
con loor, cariños nostalgias y respetos
para los que con esmero te cuidaron
y en nefasto día te lloraron.
Entre todos, ¡mis hijas y mis nietos!

R.L.

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Y en nuestros campos, hermosos hasta en el estío, las gentes del pueblo organizaban fiestas muy gratas, en las que eran elementos indispensables el baile, la canción, el rasgueo de la guitarra, presentándose a la vista del observador, iluminados por la luna cuadros bellísimos de la verdadera Andalucía…..¡oh, qué tiempos, yo los viví!

R.L.

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Los moradores de las casas de vecinos convertían en patio las calles para disfrutar del fresco. Delante de las puertas de sus amplios y viejos caserones, colocaban una fila de toscas sillas, fuera de las aceras para no interrumpir el tránsito del público, y arrellanadas en sus asientos las viejas dormitaban, las mozas se entretenían con las interminables y variadas charlas femeninas, y las parejas de novios alejadas de los demás contertulios rimaban en voz muy baja el eterno idilio de los amores.

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Estas reuniones concluían temprano porque era preciso madrugas para dedicarse a las tareas diarias, excepto los sábados en que, como día de vísperas de descanso, se podían prolongar indefinidamente y, en muchas ocasiones se dilataban hasta que el sereno, aquella figura típica, que también desapareció, anunciaba con su canto monótono que había mediado
la noche,
¡Con cuánto afán esperaban las gentes los sábados para divertirse! En esas noche verificábanse los giros a los melonares y a las huertas del pago de la Fuensanta para comer higos-chumbos.

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LAS NOCHES DE VERANO.

¡Qué típicas eran las noches de verano en Córdoba allá por los años 50 ó 60 del pasado siglo! Qué agradables transcurrían para el vecindario de esta ciudad, tranquila, silenciosa llena de poesía y de encantos indescriptibles.
Las familias acomodadas se congregaban en los patios de sus viviendas, en aquellos patios con honores de jardines, cuyas paredes cubrían los naranjos cubiertos de azahar y allí pasaban la velada respirando los aires puros embalsamados por nardos y por jazmines.

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Se volvió para su casa, pero tenía tal desazón en su cuerpo, que no podía tirar de él. Las piernas le pesaban como si fuesen de plomo y arrastraba los pies con gran esfuerzo para poder caminar. Trochó por un pequeño parque arbolado que había antes de llegar a su barrio, pero no podía caminar, se sentó en un banco, y allí lloró a placer cuanto tuvo gana. Ante sus nublados ojos vio, cómo un soldado todo vestido de blanco se aproximaba a ella, y al querer levantarse del asiento con grandes esfuerzos, se le perdió de vista en unos instantes, pero ella intentó seguir los rastros de aquel fantasma, como marchamos todos a través de la esperanza de la vida, guiados por nuestros recuerdos, al encuentro de la ilusión.

R.L.

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ravi

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Llegó la hora del cine y allá se encaminó ella con cierta torpeza en sus piernas, porque aquel día había bregado mucho con la venta y ya, cada vez sus miembros estaban más debilitados por el trabajo y los sufrimientos… ¡O quizá era poco lo de su nieto!
Llegó a la puerta del cine y se encontró con la sorpresa que habían cambiado de cartelera. Ahora iban a pasar un royo americano que nada tenía que ver con lo anterior y exclamó llorosa: “Ahora si me lo han matado por segunda vez. Ya no lo veré más en lo que me reste de vida”.

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Cuando llegó nuevamente el momento de que aparecía el soldado escribiendo sobre sus rodillas, ella exclamó toda nerviosa. Lo ve usted, está allí, es mi nieto, mi nieto! ¡Lo conoceré yo! Corrió nuevamente hacia la pantalla a saludar a su nieto, y si era posible a darle un montón de besos.
Los empleados del cinematógrafo lo evitaron e indagaron sobre aquella pobre anciana, sacando en conclusión que había perdido el sentido de lo que era la realidad. Se pusieron de acuerdo los compañeros y advirtieron a la taquillera que si la veía llegar a sacar la entrada, que le dijera que se habían agotado y no podía entrar. Era una forma de evitar el escándalo que formaba cuando veía a su nieto en la pantalla.

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ravi

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Pues a la noche siguiente se volvió a personar ante la taquilla pero ya “no había entradas”.
Qué desilusión más enorme se llevó el no poder ver otra vez a Carlitos. Ante esta decepcionante noticia, lloró y maldijo a todo lo humano, yéndose para su casa entre un llanto interminable. Al pasar por la taberna de Hidalgo vio allí al “Filósofo” ante un vaso vacío, y que la obligó a que entrara para invitarla. Ella no tenía ganas de nada, pero aceptó la invitación y comenzó a hablar con su amigo. Éste le volvió a explicar todo lo que anteriormente ya le había dicho y la fue convenciendo con las palabras más dulces que se pueden emplear en estos casos que, efectivamente su nieto había muerto defendiendo a la Patria.
Ella muy rebelde le dijo: “¡defendiendo a la Patria, y la Patria mató a mi marido solamente por hablar en defensa del pobre? Pero ¿qué Patria es ésta? Sí, ya estaba convencida que su nieto había muerto en el frente, pero esta próxima noche iría otra vez a ver su imagen que jamás olvidaría.

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Aquel mismo día por la tarde se personó en su domicilio un agente de la Benemérita con un paquete, donde portaba las pocas pertenencias de aquel soldado que, según su abuela “trabajaba en el cine sin ella saberlo.”
Las circunstancias de la guerra no habían permitido notificar la baja de aquel defensor de la Patria causada por el enemigo. Carlitos hacía once meses que había muerto en el frente.
Al momento se sorprendió la abuela, pero reaccionó y pensó: “¿Pero cómo puede ser esto, si yo le ví anoche escribiendo una carta? Este hombre que me ha dado la triste noticia está equivocado. Eso no puede ser; esta próxima noche lo comprobaré”. Esa noche fue ella quien invitó al “filósofo” y por el camino hacia el cine le contó lo sucedido aquella tarde. El acompañante, con palabras discretas y de conformación le volvió a explicar el truco del cine, pero ella no quería comprender, cual nos pasa a los demás cuando se nos va un familiar.

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En la amplia sala aquellas voces alarmaron al público asistente, imponiendo la mayoría silencio a aquella mujer que, con sus gritos acababa de romper.
Corrió Carmen por el pasillo hacia la pantalla, y los acomodadores iban tras ella intentando calmarle sus nervios… “Mi nieto, mi nieto; yo no sabía que él trabajaba en una película. Llevo casi un año sin tener noticias de él. No me escribe, le decía a su acompañante el “Filósofo”. Y éste, con una de sus “sentenciosas” frases la pudo calmar explicándole el mecanismo de la filmación, pero ella no atendía a explicaciones ningunas. Aquel era su nieto y nada más.
La película iba llegando a su fin y ya no salió más el soldado en la pantalla. Llegó al fin a su casa aquel día, deseosa de que llegara otro nuevo para ir otra vez a ver a su nieto. A toda su clientela le fue contando a la par de ir vendiendo su género lo que había visto en el cine el día anterior, diciendo la inocente, que ella jamás pensaría que su Carlitos trabajase en el cine…

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Muchas mañanas, cuando Carmen la verdulera llegaba a calentar motores con su copita de coñac, ya se encontraba allí el “filósofo” . El roce “clientelar” y el verse a diario en aquella taberna, les fue acercando a una mistad, llegando a tal punto que la verdulera se dejaba invitar por aquella figura extraña de hombre. Tanto llegaron a intimar que, un buen día, Carmen fue invitada por él a ver una película que proyectaban en otro barrio no muy lejos del de ellos. Era una película de propaganda guerrera en la que hablaban pestes del adversario, achacándole crímenes y atrocidades al enemigo. Se titulaba ésta “LAS TRICHERAS ENEMIGAS”.
Aceptó la vieja aquella invitación y, a lo largo de la proyección, entre otras cosas de mal gusto, aparece un soldado sentado sobre un saco terrero de su misma trinchera, escribiendo una carta sobre sus rodillas. Al término vuelve el soldado la cara hacia la cámara filmadora, y al distinguir Carmen aquella imagen salta sobre su asiento diciendo con alocados gritos de alegría: “Carlitos, Carlitos; ese es mi nieto. Sí mi nieto…”

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catadura de don Quijote. Era alto, delgado, de rostro afilado cual fuese un indio, con una perilla de ralos hilos que, más que pelos parecían alambres. Siempre llevaba un libro bajo el brazo, el que nunca leía, pero los “inspirados” clientes de aquella taberna le habían puesto el apelativo de el “filósofo”; pues algunas frases hechas que él solía pronunciar, sacadas de cualquier libraco, los demás clientes, gente sencilla y analfabetos la mayoría, aquellas palabras del aquel hombre las tomaban como puras sentencias…

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En su absoluta soledad, todas las madrugadas iba tirando de su carrito a los almacenes mayoristas a comprar su género. Lloviese, hiciera frío o cayeran rayos de punta, aquella inclemencia temporal tenía que soportarla para buscarse el pan diario, y aquel trabajo ya le iba pesando a la verdulera que su edad frisaba cerca de los setenta años. Aunque ella iba bien abrigada con su toquilla de lana y su bufanda de punto, no dejaba de sentir el frío invernal, por lo que no estaba de más tomarse una copita de coñac cuando pasaba por la taberna de Hidalgo, aquel hombre rechoncho y bonachón que a parte de su volumen abdominal, era una persona nerviosa y a penas podía dormir, causa por la que, a las cuatro de la mañana ya tenía su taberna abierta para atender a otros madrugadores. Allí a su taberna solía ir asimismo un asiduo cliente que, antes que apuntase el lucero del alba ya se encontraba en casa Hidalgo a tomarse su chicuela de aguardiente. Aquel sujeto tenía toda la

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