Disculpen el error , salio doble .
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Olores. Y aquellas más irisadas flores se mezclan contra quietud.
Dulces. Y esa música que dista ante saxófono lingual, estremecido.
Aréola y perfume púlsanse. Arcanos pétalos púlsanse, en tono vivo.
No luz el suave pincel de tu pecho leve que rasa por mi pecho:
lamidas de rojos, panal en llamas que cruje y se derrite al sol.
Pleno. Con el fuego sutil, ambarino, de los dátiles deshaciéndose en la boca,
el trago de vino fresco y alegre y espumante como una cascada vertiginosa
y la luz del crepúsculo y la de las llamas vivas de las nubes encendidas.
El talón hundido en la arena y las sombras plegándose en sí mismas más y más.
El talón hundido en la arena. Y las estrellas como luminarias por el cielo,
viajando por orillas desoladas con el claro silencio de la luna, hecho luz.
El viento planea sobre la inmensidad eterna de la tierra y del espacio
trayendo una gaviota solitaria que entre la espuma de la noche flota.
Algas que frotan aquella roca. Una nube abandonada y yerma.
O la bruma, imprecisa y silenciosa abriendo olvidos.
Y tan adentro del mar, la vida.
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Mi vaso de vino sobre la mesa y la mano extendida hacia la fuente:
el rojo llamado de las cerezas ocultas entre los trozos de hielo.
El sol y el espíritu de la primavera destellando en tantos rubíes.
Cae en el agua la flor del ceibo como una gota roja y encendida.
En las ondas circulares el cielo y el sol, luchando por ser uno con el lago.
El mar irrumpe urgido en blanco torrente entre las rocas.
Incontrolables estallidos de luz y espuma en los que el sol se bate y agoniza.
Volantes tinieblas en el viento, nebulosos esplendores por el cielo estremecido.
El mar desciende la pendiente de la noche.
Un abismo de sombra y fosforescencia salina. Inmaculada.
El bronce repujado de la luna se remonta hacia la noche.
Titilan hondos peces de silencio con las luces temblorosas de la costa.
El ocaso, su consumación,
los vacilantes árboles del horizonte desdibujándose lejanamente.
La noche inmensa se apodera del camino:
una infinita y oscura mirada que cae implacable sobre todos los seres.
Comienza el fervor de las constelaciones a iluminar el aire y el espacio.
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Mi vaso de vino sobre la mesa y la mano extendida hacia la fuente:
el rojo llamado de las cerezas ocultas entre los trozos de hielo.
El sol y el espíritu de la primavera destellando en tantos rubíes.
Cae en el agua la flor del ceibo como una gota roja y encendida.
En las ondas circulares el cielo y el sol, luchando por ser uno con el lago.
El mar irrumpe urgido en blanco torrente entre las rocas.
Incontrolables estallidos de luz y espuma en los que el sol se bate y agoniza.
Volantes tinieblas en el viento, nebulosos esplendores por el cielo estremecido.
El mar desciende la pendiente de la noche.
Un abismo de sombra y fosforescencia salina. Inmaculada.
El bronce repujado de la luna se remonta hacia la noche.
Titilan hondos peces de silencio con las luces temblorosas de la costa.
El ocaso, su consumación,
los vacilantes árboles del horizonte desdibujándose lejanamente.
La noche inmensa se apodera del camino:
una infinita y oscura mirada que cae implacable sobre todos los seres.
Comienza el fervor de las constelaciones a iluminar el aire y el espacio.
Como esplendores, como islas de luz en la oscurecida piel del río.
Un blanco velero se aproxima hacia la costa. Misterioso, solitario,
cortando la brama baja de las orillas, ciñendo las nubes en su vela.
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Un festivo y secreto combate florido de claroscuros por todo el río:
ejércitos, castillos de sombra, navíos de lenta sombra a la deriva,
nubes cambiantes del mediodía invadiendo en manchas el agua inquieta.
Rayos de sol vibrando en surcos de agua chorreante y plata:
trepan caballos, caballos resoplantes agitándose en tropel,
emergiendo del sonoro hervor vivo del río, unos tras otros.
Avanzan atropellados, se aproximan a la calma de la ribera
en procesión salvaje. Con las orejas tensas, hacia el cielo.
De la mano, por la diagonal de otoño, trémulo entre el avance de las sombras.
El recuerdo sorpresivo del estallido de aquel concertante del acto segundo.
El moroso aroma puro de los tilos que en el aire y en el viento se abandona.
El alba se va, disipa su momento en los verdores y la blanca bruma. El oro,
el oro casi, y lo sombrío: la persistencia lenta de la niebla sobre el río
y el sigiloso suceder del sol velado, animándose apenas en todas las cosas.
La magnolia eleva firme en el espacio tanta callada fuerza;
sus troncos bestiales multiplican la sombra y la frescura.
Lucha la luz del mediodía en la infinita escultura vegetal.
Envueltas por el húmedo silencio, en esa hosca soledad secreta,
avanzan las incontables raíces vivas reptando en la tiniebla.
Una maraña trabajosa que cruje sin sonido su canción de tierra.
Un caos salvaje de lenta trama hundiéndose en el mundo oscuro.
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Mi vaso de vino sobre la mesa y la mano extendida hacia la fuente:
el rojo llamado de las cerezas ocultas entre los trozos de hielo.
El sol y el espíritu de la primavera destellando en tantos rubíes.
Cae en el agua la flor del ceibo como una gota roja y encendida.
En las ondas circulares el cielo y el sol, luchando por ser uno con el lago.
El mar irrumpe urgido en blanco torrente entre las rocas.
Incontrolables estallidos de luz y espuma en los que el sol se bate y agoniza.
Volantes tinieblas en el viento, nebulosos esplendores por el cielo estremecido.
El mar desciende la pendiente de la noche.
Un abismo de sombra y fosforescencia salina. Inmaculada.
El bronce repujado de la luna se remonta hacia la noche.
Titilan hondos peces de silencio con las luces temblorosas de la costa.
El ocaso, su consumación,
los vacilantes árboles del horizonte desdibujándose lejanamente.
La noche inmensa se apodera del camino:
una infinita y oscura mirada que cae implacable sobre todos los seres.
Comienza el fervor de las constelaciones a iluminar el aire y el espacio.
Como esplendores, como islas de luz en la oscurecida piel del río.
Un blanco velero se aproxima hacia la costa. Misterioso, solitario,
cortando la brama baja de las orillas, ciñendo las nubes en su vela.
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Olores. Y aquellas más irisadas flores se mezclan contra quietud.
Dulces. Y esa música que dista ante saxófono lingual, estremecido.
Aréola y perfume púlsanse. Arcanos pétalos púlsanse, en tono vivo.
No luz el suave pincel de tu pecho leve que rasa por mi pecho:
lamidas de rojos, panal en llamas que cruje y se derrite al sol.
Pleno. Con el fuego sutil, ambarino, de los dátiles deshaciéndose en la boca,
el trago de vino fresco y alegre y espumante como una cascada vertiginosa
y la luz del crepúsculo y la de las llamas vivas de las nubes encendidas.
El talón hundido en la arena y las sombras plegándose en sí mismas más y más.
El talón hundido en la arena. Y las estrellas como luminarias por el cielo,
viajando por orillas desoladas con el claro silencio de la luna, hecho luz.
El viento planea sobre la inmensidad eterna de la tierra y del espacio
trayendo una gaviota solitaria que entre la espuma de la noche flota.
Algas que frotan aquella roca. Una nube abandonada y yerma.
O la bruma, imprecisa y silenciosa abriendo olvidos.
Y tan adentro del mar, la vida.
El viento y la enramada: un concierto de maderas desprendiéndose en la noche.
Tintas lentas, desvanecidas. Desvanecidas en el rojo y dorado cielo crepuscular.
En el momento en que las sombras entran por la ventana, nada hay más verdadero
que esas nubes llenas de pleno fuego formando perfiles que miran hacia abajo.
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Mágica hora crepuscular en que viaja también con el viento un cisne solitario.
Una guitarra y un canto lejano llegan de lo oscuro en el viento marino.
Entre sombras, el vivo olor de la tierra mojada y el dibujo de las primeras estrellas
y esquivas chispas luminosas de luciérnagas escapándose a nuestra mirada.
Tímidamente, la calidez de los eucaliptos perfumados desciende hacia nosotros con la noche
Vino, bebiéndote juntos, el diablo de la botella atrápanos la luna.
Nada escapa al viento invisible ni a la luz de oro del pleno mediodía:
la lejanísima sierra se diluye en el brillo implacable del horizonte.
Palmeras altas en la cima de los morros. Con la lentitud de la bruma,
un blancor de nube costera en la solitaria cumbre verde se demora.
A mar abierto mi cuerpo libre con el apacible oleaje salpicado por el sol.
Una distante vela roja separa con su filo lento al horizonte de las aguas.
Viaja el aire perfumado. El olor de la ruda y los rosales
y esa furiosa partita roja: grillos y ranas en la noche del jardín
sumándole más luz al plenilunio, siendo música en el viento volador
y en las estrellas fugaces que se avienen al silencio del espacio.
Al cerrar los ojos, la callada respiración del bosque sombrío.
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grises tortugas tensan su mirada atenta hacia el cielo.
¿Qué más se puede pedir?: el espíritu creador de la primavera
danza alrededor de todas las cosas.
Refulge la plata de la laguna en movimiento
reflejando el silencioso fuego de los ceibos.
Las campanillas azules florecen humildemente a ras de tierra.
¿Qué más se puede pedir?: él inefable tiempo de la primavera
vibra en el alma de todas las cosas.
Más allá, ondula el bosque por la brisa. Un laberinto perfumado.
Sin parar estalla en caos de olas enloquecidas
toda la gloriosa violencia del océano
y continuas ráfagas de agua y viento y la bruma marítima
que se abalanza como un extraño monstruo a la muralla
y estalla, cruje en olas explosivas la siniestra gloria del Atlántico
y espumosas ráfagas traspasan la cresta de las olas, incesantemente
la niebla de la costa desciende densa sobre el murallón derruido
y la noche de nubes terribles y los ecos de los truenos
y el demonio libre y rugiente de las aguas de allí abajo
en locura de olas, en olas incontenibles, ¡incontenibles!
Allí en el pasto poseída de licor, allí tendida y tan allí mojada,
margarita que suspéndese ante sol, oscilante, con rocío, descuidada.
Una inmensa cordillera flotante se erige en las alturas,
las minúsculas parcelas del Sur se extienden en los campos.
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El sol pone acerados relumbrones en el ala vibrante, a mi derecha.
El sol pone destellos suavísimos en la cima nevada de las nubes.
Entre los pliegues y entre las oquedades vaporosas,
entre la blanca evanescencia de tales montañas celestiales,
el avión nos remonta por el aire a nueve mil trescientos metros de la tierra.
Un punto más en el espacio inabarcable,
un punto más en este océano celeste.
Y pienso en la amante mirada de la mujer que me espera.
En mi delicada pipa de bambú, en el humo azul que suele soñar.
Las corrientes se deslizan por las raras redondeces de las rocas
y lánguidas esmeraldas de algas reaparecen suavemente entre la espuma.
La arena y el agua. Y el cielo frío y acerado sobre el mundo,
el buril silencioso de la lluvia en el oscuro océano de piedra.
El globo lunar y cristalino envía sus rayos rituales a la tierra.
El cristal de la diosa de la luna pone luz en las cambiantes orillas:
transfigura la sombra de los acantilados su mirada de plata tan eterna.
Ondula en rayos acuáticos el brillo arcano de las rocas sumergidas:
bajo la despaciosa superficie del río esplende una pirámide colorida.
Los verdes álamos esbeltos del camino se suceden casi sin fin,
al tiempo que nuestros corazones vuelan hacia la dorada ciudad del mar.
La pluma inmensa y quieta de una nube difunde su blancura por el cielo
y el sol de la tarde extiende las sombras de todos los árboles.
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El Atlántico se aquieta en los oscuros decires de la noche.
Es el inmenso instante de vacuidad perfecta y crepuscular
en la costa sola, la playa envuelta en la blancura de la bruma.
Es el lugar en que ya no se advierten los finales de escolleras,
es el momento en que las formas de la arena se transfiguran.
Lentamente, como una espléndida divinidad blanca de fuego,
se hunde el misterio de la luna en la placidez del mar.
Una festiva danza de linternas se insinúa entre la espuma.
Atrapar estos escurridizos brillos lunares en el agua.
Ser uno con la luz que atraviesa el murmullo de las olas.
Resumir al universo en la simplicidad de estos reflejos sutiles.
Los verdes contornos de la maleza se sacuden por el viento descontrolado.
Los árboles orientan sus ondeantes ramajes hacia la laguna.
Recorremos de la mano un sendero abierto entre los juncales susurrantes de la orilla.
Tantos tornasolados estandartes relucirán pronto al ser mojados por la lluvia:
aquí abajo vibra un alguacil por encima de cardales violáceos
como un transparente danzarín de cristal.
Las dulces copas de los árboles hacen música frotándose unas a otras.
Siento en mi espalda el alma del tronco en el que me apoyo.
Un inquieto caleidoscopio de luces y de sombras vivientes
se agita en la blancura del papel sobre el que escribo esto.
Tomó forma la memoria de las Eras:
con el áspero brillo de las rocas al sol
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Íntimos tintes de acuarela en la espesura:
achiras y lirios resplandeciendo bajo el sol.
La levedad del viento traza cambiantes ideogramas en el agua.
Sutiles constelaciones, celestes caligrafías del aire
que en acuáticos senderos celestes se dibujan por todo el río.
Y la pareja de flamencos se desliza graciosamente por el cielo.
Lanzados en los anaranjados y oblicuos rayos del poniente
sugieren una estela sonrosada entre los arras coralinos.
El vuelo cimbreante y silencioso de aquella mariposa por el cielo
y por el sendero de polvo yo, bordeando la ribera enmarañada.
Rebuscando yo palabras diminutas y huidizas como mosquitos.
La niebla difumina con grisáceos sopores la armonía del bosque.
No, no: imposible música hoy al titilante aletear de la mariposa.
Sólo me sentaré en el suelo con mi callado cuaderno
y apoyaré mi perezosa cabeza de tinta
sobre un tronco joven cuando llegue al claro.
Escucharé las llamadas encendidas de los pájaros.
Sentiré en mi cara la amigable frescura de la tarde.
Me sentaré como un loto en el suelo con mi cuaderno mudo,
con mi cuaderno mudo.
Y cerraré los ojos apenas
tratando de abrir mi corazón a la quietud.
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Casi rozando la tierra, el sol se apaga apenas rápidamente
enredando sus últimos rayos en las ramas de los árboles desnudos.
La noche trae algunos murciélagos que se persiguen en la sombra.
Yo marcho al final de la apresurada hilera de caminantes.
Del otro lado del bosque me llega la ruidosa música del río
y la respiración pesada, cada vez más agitada y poderosa,
de la inminente tormenta.
La aparición plena de oro entre la fronda de arrayanes
disipa la niebla del bosque con verdes y enrojecidos tonos.
El rumor del agua se abre camino hacia el lago silencioso,
baja en arroyos finos saltando por las rocas y las raíces.
Como una tenue y despreocupada diosita olvidada del mundo,
una lagartija inmóvil descansa al sol sobre un tronco caído
conteniendo todo el universo en su frágil cuerpo de miniatura.
“Escucho un ejército”: la ocre turbulencia de las aguas
recibirá pronto las primeras gotas. Fogonazos, truenos, truenos,
truenos oscuros, vibrátiles relámpagos en batalla sobre el río:
los azulados nubarrones de hierro se acercan a la orilla ahora,
huestes hostiles cargando contra la altiva estatura de la ciudad.
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Una visión de pájaros de colores volando entre cataratas,
enviando su música de rojas y agudas pautas hacia una mayor:
la hirviente brama de las caídas de agua en borboteantes acordes.
Dos gigantescas nubes grises parecen superponerse al mundo.
Altas. Donde el torrente y sus poderes se detienen un momento
antes de fundirse amorosamente hacia el abismo.
Imagino la quieta fuerza de la noche cubriéndolo todo.
Imagino la quieta fuerza de la noche acariciándolo todo.
Imagino el pincel del claro de luna sobre este concierto.
Los ojos de los animales y los espíritus de la naturaleza
y los rumores de la selva brillando en la plena oscuridad.
El viento firme entre los juncos de la laguna,
entre nosotros y el crepúsculo ilimitado.
Fijas allí, en el agua calma y llena de sombras,
súbitas manchas de color: una pareja de flamencos se perfila
como dos quietas y delicadas estatuillas de coral.
Tan quietos, tan humildemente delicados, tan inactivos.
Y, sin embargo, iluminando con tan poderoso fulgor
nuestros espacios infinitos.
Nubes muy oscuras se aproximan unas a otras, sumando sus fuerzas
al tiempo que nosotros descendemos precipitados por la foresta.
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El agua discurre mansamente bajo el pino
y sus esplendores ponen la luz entre rugosidades de corteza.
Una blanca garza pasa encima de los árboles,
una graciosa flecha suave y silenciosa.
Yo le hablo a mi amigo de estas cosas,
del espíritu del valle que vivirá para siempre.
El sol se despliega como un abanico por encima de nosotros.
Veloz, bajo el sol del atardecer,
una horizontal interminable de automóviles estrepitosos.
Y a mi izquierda, los inquietos y oscuros árboles de la avenida
que extienden sus ramas y sus troncos zigzagueantes
contra un brillo de verdor casi imposible.
El más inclinado de todos imita a un absorto dragón:
se dispone a levantar vuelo hacia las nubes.
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