Que homenaje a córdoba y toda su provincia, Los cordobeses pueden estar orgullosos de ello.
Qué video mas bonito aidedk
Anónimo
said
Aíres de Alameda
Anónimo
said
¡¡Qué disfrutéis de la Feria, los cordobeses y cordobesas!!
Anónimo
said
Si, parecía que la copla solo les pertenecía a las Clásicas y resulta sorprendente lo bien que lo hacen estas jovencísimas copleras.
Bonita, ¿eh?…, me alegra que te guste, es una copla de mis preferidas
Anónimo
said
Como siempre Rimo me dejas impresionada, no suponía que un poema tan laaaaaaaarguisssssimo tuviera música.
Mi intención era cortarlo un poco, pero la verdad es que no he podido, era como si le cortara el ritmo al romance.
¡Gracias guapo, me alegra verte por aquí!
¡Que bonita!, ni pintá por los pinceles de Murillo
¡Que carita!, envidia por el cora de los sarsillos
La niña como un jilguero
Por calles y plasas pregonando flores
Los hombres a retortero
Bebían sus vientos con ansias de amores
Y una noche de la Cruz de Mayo
Entró en un corrá y en los ojos
De un moso de rumbo leyó este cantá
Rosita de Capuchinos
Vara de nardo y clavé,
Dame el ramito más fino
Del jardín de tu queré
¿De que rosal has robao la sangre de tus mejillas
Si eres lo más delicao de los parques de Sevilla
Te tengo sembrás de flores
Las piedras de tu camino
Porque quiero que me adore
La Rosa de Capuchinos.
Ni un minuto er queré de aquel mosito
Le ha durao y de luto
Se vistió su corasón abandonao
Siguió su vos de jilguero pregonando
Flores por las plasoletas
Cambió er mantón dominguero
Por uno morao como sus violetas
Y otra noche de la Cruz de Mayo
Llenita de asahá se encontró frente a frente
A los ojos de un hombre cabá
Rosita de Capuchinos
Vara de nardo y clavé
¿Quien t’ha sembrao de espinos
El rosal de tu queré?
¿Quién le pintó esas ojeras
A tu carita de rosa?
¿Quién te mandó que sufrieras
Iguá que una Dolorosa?
Rosita vuelve a tus flores
Y orvia tu desatino
Que yo no quiero que llore
Mi Rosa de Capuchinos
Anónimo
said
Y temblaba tu cintura
como un palomo cautivo,
y nueve lunas de sombra
brillaban en tu delirio.
Yo te escuchaba, distante,
entre mis versos perdido,
pero sentí por la espalda
correr un escalofrío…
Y repetí como un eco:
«¡Cuando tengamos un hijo!…»
Tú, entre sueños, ya cantabas
nanas de sierra y tomillo,
e ibas lavando pañales
por las orillas de un río.
Yo, arquitecto de ilusiones
levantaba un equilibrio
una torre de esperanzas
con un balcón de suspiros.
¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria
cuando tengamos un hijo!
En tu cómoda de cedro
nuestro ajuar se quedó frío,
entre azucena y manzana,
entre romero y membrillo.
¡Qué pálidos los encajes,
qué sin gracia los vestidos,
qué sin olor los pañuelos
y qué sin sangre el cariño!
Tu velo blanco de novia,
por tu olvido y por mi olvido,
fue un camino de Santiago,
doloroso y amarillo.
Tú te has casado con otro,
yo con otra hice lo mismo;
juramentos y palabras
están secos y marchitos
en un antiguo almanaque
sin sábados ni domingos.
Ahora bajas al paseo,
rodeada de tus hijos,
dando el brazo a… la levita
que se pone tu marido.
Anónimo
said
Te llaman doña Manuela,
llevas guantes y abanico,
y tres papadas te cortan
en la garganta el suspiro.
Nos saludamos de lejos,
como dos desconocidos;
tu marido sube y baja
la chistera; yo me inclino,
y tú sonríes sin gana,
de un modo triste y ridículo.
Pero yo no me doy cuenta
de que hemos envejecido,
porque te sigo queriendo
igual o más que al principio.
Y te veo como entonces,
con tu cintura de lirio,
un jazmín entre los dientes,
de color como el del trigo
y aquella voz que decía:
«¡Cuando tengamos un hijo!…»
Y en esas tardes de lluvia,
cuando mueves los bolillos,
y yo paso por tu calle
con mi pena y con mi libro
dices, temblando, entre dientes,
arropada en los visillos:
«¡Ay, si yo con ese hombre
hubiera tenido un hijo!…»
R. de León
Anónimo
said
¡Cuando tengamos un hijo!
Hubiera podido ser
hermoso como un jacinto
con tus ojos y tu boca
y tu piel color de trigo,
pero con un corazón
grande y loco como el mío.
Hubiera podido ir,
las tardes de los domingos,
de mi mano y de la tuya,
con su traje de marino,
luciendo un ancla en el brazo
y en la gorra un nombre antiguo.
Hubiera salido a ti
en lo dulce y en lo vivo,
en lo abierto de la risa
y en lo claro del instinto,
y a mí… tal vez que saliera
en lo triste y en lo lírico,
y en esta torpe manera
de verlo todo distinto.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
Tres caballos, dos espadas,
un carro verde de pino,
un tren con cuatro estaciones,
un barco, un pájaro, un nido,
y cien soldados de plomo,
de plata y oro vestidos.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
¿Te acuerdas de aquella tarde,
bajo el verde de los pinos,
que me dijiste: —¡Qué gloria
cuando tengamos un hijo! ?
Y temblaba tu cintura
como un palomo cautivo,
y nueve lunas de sombra
brillaban en tu delirio.
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