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En la lejanía se oyen campanas llamando a difuntos. Una gruesa cortina de agua cae sin piedad sobre la tierra mojada, encharcándola. Cabizbajos, y en fila hombres y mujeres caminan hacia el cementerio por el estrecho sendero. Algunos transportan a hombros una caja de pino oscura, en ella un hombre duerme el sueño de la muerte. Tras ellos, la viuda tapa su cara con un velo negro. Las olas rugen al pie del acantilado empujadas por el viento. El invierno, traicionero, le aprisionó el alma entre sus garras. Lágrimas heladas resbalan por sus mejillas mezclándose con la lluvia. Una letanía surge de sus labios:
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