|
Los mojes de la Edad Media y tambien los alumno de las universidades creían que el paraíso interior era el definitivo terreno de la libertad en el corazón del hombre.
Para encontrarlo, había que viajar, como dijo San Agustín, no con pasos sino con anhelos y ansias.
El camino iba desde la situación de “caído” del hombre, en la cual era libre para no ser fien a sí mismo, hasta la libertad original en la que, hecho a imagen y semejanza de Dios, ya hacía tiempo que no era libre para ser infiel a sí mismo.
Así, recobraba la desnudez de Adán que no necesitaba la hoja de parra de la ley, de las explicaciones o justificaciones, ni adornos sociales de pieles.
El paraíso es simplemente la persona, el yo, pero el yo radica en su libertad, libre de inhibiciones.
El yo que dejó de estar vestido con su “ego”.
Thomas Merton.
|