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¡Destino! ¡Por favor!
haz que yo no muera
sin volver a verla.
Era tan limpia de alma
y tan sencilla de corazón.
¡Senderos!
Déjame caminar
por vuestras áridas orillas
envueltas en zarzas.
Y sobre mis pies llevo su huella
tan sentida en profundidad,
de arañazos y espinas.
¡Acuífero! ¡Tengo sed!
Déjame mojar mis labios.
He pasado descalzo
por hirientes salinas,
siguiendo el vuelo
de un pájaro herido.
Sol de un día, encerrado
entre falsas tinieblas,
es más expresiva la luna
cuando entra en mi corazón
y no necesita,
ni rezos ni alabanzas.
Pasión de una noche de verano
llena de amor con muchas velas,
déjame ahuyentar mis llantos
detrás de los humos azules,
sintiendo en mis espaldas
las alas de un fénix de cristal,
que destruye todas mis alegrías.
Mario.
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